Una pequeña presentación

Los Mínimos y Máximos de Félix Esteves es una casa, un hogar, construido con amor, esfuerzo, dedicación y hasta con aburrimiento. Tiene muchas puertas donde todos pueden entrar. Tiene muchas habitaciones, donde de seguro en algunas podrás sentirte cómodo, y en otras, tal vez contrariado y hasta… por qué no… molesto. Sin embargo su propósito no es agradar ni molestar, no es ganar amigos ni enemigos… de todas maneras ambos son bienvenidos; su fin es mostrar y demostrar lo variopinto de una mirada, la pluralidad de una cosmogonía a través de mi “micromundo”, de lo exterior visto y sentido desde mi interioridad… es un grito contra la discriminación, es un arrullo de amor a la diversidad, es mi tarjeta de presentación como ser humano, como hombre, como gay y miembro de la comunidad LGBT... tal vez es algo más… no lo sé… aún lo estoy averiguando.

Félix Esteves

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domingo, 11 de marzo de 2012

LA NOCHE DE LOS UNICORNIOS.


Con tu verso de hombre me has desvestido
Preparado, deseoso y listo para mí destino
Me contengo, jadeo más no respiro, he sido envestido
Brutal caricia que ha hecho de mi carne tu nido.

Eterno instante que me hace perder el sentido
Repite y empuja, que de nuevo quiero ser poseído
Concédeme el placer de lo que se me ha prohibido
Y que por tanto tiempo los otros han maldecido.

Bravío placer, doloroso  y divino
Que nos hace unicornios, cada uno con su cuerno erguido
Preparados para saborear el espeso y opalino vino
Que emana de nosotros por este amor contenido.

¡Qué la noche en su silencio siga con su febril sonido!
Repitamos… que cansado estoy de no haberlo vivido
Ahora renazco, soy árbol seco que ha florecido
Con el rocío violento que tu miembro me ha ofrecido.

Repite y empuja… no hagas caso de los maullidos
Que es la luna que esta celosa y los luceros confundidos
 Por la noche de los unicornios unidos.

Por Félix Esteves

martes, 28 de febrero de 2012

TU VÍA LÁCTEA


Eres el sueño perenne de mi oscura ipsación
que se regodea manchando de amor solitario
las paredes vírgenes de mi habitación.
Y voy deseando tus rastros lácteos, húmedos y tibios
de aquella vez que mojaste mis labios
sin avisar… sin conmiseración.
Huellas que no se ven, que se pierden
porque nacieron de ese amor apresurado
de aquel encuentro furtivo y desesperado.
Y voy buscando tu calor en la noche de parques embrujados
de puentes viejos, solitarios y abandonados
de rincones encantados donde sólo los gatos y nosotros hicimos el amor.
Y van desfilando caras y cuerpos... 
muchachos fantasmas
hombres sin caras
sin nombres
vagabundos 
y duendes...
Voy saboreando a un Dios
voy poseyendo a un Endriago
maldiciendo la bendición de esos encuentros
donde de tanto buscar e indagar no te consigo.
Hasta ahora ninguna boca ha sido la tuya
a pesar que muchas he besado
hasta ahora no he conseguido la estruendosa elevación
a pesar que a cientos de ellos me he entregado...
he sido jinete y caballo
he sido poseído y exorcizado 
he sido la condenada madera 
y he sido sangriento clavo

haciendo me la ilusión de que algún día volveré a ti cabalgando
como la madrugada de aquella postiza fornicación.

Te busco detrás de la luna y encuentro a muchos lunáticos
te busco en el rojizo planeta y como ellos me hago marciano
a todos he vencido
a todos he devorado
todos fueron míos
y a todos me he entregado
 bebiendo dulces venenos 
recibiendo tósigos amargos

Y aún así...
Al final de la noche
en la soledad de mi cuarto
creyendo que el cansancio de entregarme me ha acabado
me transformo en deseo
en el olisbo y en  el foso codiciado
pensando, teniéndote...   
en la vía láctea que me entregaste… mojando mis labios...
húmedos
tibios
abiertos
anhelados
sin avisar… sin conmiseración.

Por Félix Esteves

viernes, 3 de febrero de 2012

DOS POEMAS VANOS


AL FIN Y AL CABO

La soledad nos aguarda… al fin y al cabo
luchamos con ella y contra ella
estúpidos que somos
en negar y querer separarnos
de aquello que solo nos queda.

La soledad es la muerte
y vivimos desesperados
para terminar abrazados a su suerte.



DETENTE  

Detente
escucha el silencio
del triste llanto del badajo huérfano de esquila
del movimiento de la sombra fecunda
de una luna que se esconde
bajo la noche profunda.

Detente
omite el sordo grito
de la ambición vana
disfruta de la rosa conmovida
que te regala su gentil aroma de su corta vida
omite la mano que la corta
y la punta de sus ponzoñosa espina.

Detente
observa la gota de rocío
que dentro de sus pétalos habita
es la lágrima de su alma...
(¡Qué como el dolor mío!)
...esta derramada
y contenida.

Por Félix Esteves

viernes, 1 de julio de 2011

FLOR. El enfrentamiento poético de Juan Antonio Perez Bonalde a Dios.

La Primera y Ultima Comunión. (Detalle)
Pintura al Oleo de Cristóbal Rojas

I
Flor se llamaba: flor era ella,
flor de los valles en una palma,
flor de los cielos en una estrella,
flor de mi vida, flor de mi alma.

Era más suave que blando aroma;
era más pura que albor de luna,
y más amante que una paloma,
y más querida que la fortuna.

Eran sus ojos luz de mi idea;
su frente, lecho de mis amores;
sus besos eran dulzura hiblea,
y sus brazos, collar de flores.

Era al dormirse tarde serena;
al despertarse, rayo del alba;
cuando lloraba, limbo de pena,
y sus abrazos, collar de flores.

Era al dormirse tarde serena;
al despertarse, rayo del alba;
cuando lloraba, limbo de pena;
cuando reía, cielo que salva.

La de los héroes ansiada palma,
de los que sufren, el bien no visto,
la gloria misma que sueña el alma
de los que esperan en Jesucristo.

Era a mis ojos condena odiosa
si comparada con la alegría,
de ser el vaso de aquella rosa,
de ser el padre de la hija mía.

Cuando en la tarde tornaba al nido
de mis amores, cansado y triste,
con el inquieto cerebro herido
por esta duda de cuanto existe.

Su madre tierna me recibía;
con ella en brazos, yo la besaba..
. ¡Y entonces... todo lo comprendía
y al Dios sentido todo lo fiaba!...

¿Que el mal impera? ¡Delirio craso!
¿Que hay hechos ruines? ¡Error profundo!
¿No estaba en ella mirando acaso
la ley suprema que rige al mundo?

¡Ah, cómo ciega la dicha al hombre!
¡Cómo se olvida que es rey el duelo,
que hay desventuras sin fin ni nombre
que hacen los puños alzar al cielo!...

¡Señor!, ¿existes? ¿Es cierto que eres
consuelo y premio de los que gimen,
que en tu justicia tan sólo hieres
al seno impuro y al torvo crimen?

Responde, entonces: ¿por qué la heriste?
¿Cuál fue la mancha de su inocencia?
¿Cuál fue la culpa de su alma triste?
¡Señor!, respóndeme en la conciencia.

Alta la llevo siempre, y abierta,
que en ella negro nada se esconde;
la mano firme llevo a su puerta,
inquiero... y ¡nada, nada responde!

Sólo del alma sale un gemido
de angustia y rabia, y el pecho, en tanto,
por mano oculta de muerte herido,
se baña en sangre, se ahoga en llanto.

Y en torno sigue la impía calma
de este misterio que llaman vida,
y en tierra yace la flor de mi alma
¡y al lado suyo mi fe vencida!

II
¡Allí está! Blanca, blanca,
como la nieve virgen que el potente
viento del Norte de la cumbre arranca;
como el lirio que troncha mano impía
orillas de la fuentes
que en reflejar su albura se engreía.

¡Allí está!... La suave
primavera pasó; pasó el verano,
y la estación poética en que el ave
y las hojas se van; retornó el cano,
pálido invierno, con su alegre arreo
de fiestas y niños, y aún la veo
y la veré por siempre... Allí está..., fría
entre rosas tendida, como ella
blancas y puras y en botón cortadas
al despuntar el día...

¡Ay! En la hora aquella,
¿dónde estaban las hadas
protectoras del niño
que no vinieron con la clara estrella
de su vara de armiño
a tocar en la fernte a la hija mía,
a devolver la luz a aquellos ojos
y a arrancar de mi pecho los abrojos
de esta inmensa agonía,
de este dolor eterno, de esta angustia
infinita, fatal, inmensurable;
de este mal implacable,
que deja el alma mustia
para siempre jamás, que nada alcanza
a mitigar en este mundo incierto?

¡Nada! Ni la esperanza
ni la fe del creyente
en la ribera nueva,
en el divino puerto
donde la barca que las almas lleva,
habrá de anclar un día;
ni el bálsamo clemente
de la grave, inmortal filosofía;
ni tú misma, doliente
inspiración, divina poesía,
que esta arpa de lágrimas me entregas
para entornar el salmo de mi duelo...
Tú misma, no, no llegas
a calmar mi dolor...

¡Abrase el cielo!
¡Desgájese la gloria en rayos de oro
sobre mi frente..., y desdeñosa, altiva,
de su mal sin consuelo
al celestial tesoro
el alma mía cerrará su puerta;
que ni aquí ni allá arriba,
en la región abierta
de la infinita bóveda estrellada,
nada hay más grande, nada
más grande que el amor de mi hija viva,
¡más grande que el dolor de mi hija muerta!

Juan Antonio Pérez Bonalde

Juan Antonio Pérez Bonalde 

Juan Antonio Pérez Bonalde (Caracas Venezuela, 30 de enero  de 1846  - La Guaira, 4 de octubre de 1892 ) es un poeta venezolano  considerado por la crítica especializada como el máximo exponente de la lírica romántica en el país y uno de los precursores del modernismo. Sus padres fueron Juan Antonio Pérez Bonalde y de Antonia Pereira. 

Por motivos de la guerra civil tuvo que emigrar a Puerto Rico y Nueva York. Posee una gran afición por las lenguas extranjeras. Su poema más importante es "Vuelta a la patria". Muere victima de la parálisis en medio de la indiferencia del público y de la crítica de su país en la guaira en 1892.

Flor (1883) el  gran poema de Juan Antonio Pérez Bonalde es el canto elegíaco que escribe bajo el terrible impacto que le produce la muerte de su hija Flor. En este poema Pérez Bonalde se enfrenta a Dios al no comprender cómo pudo haber sido herida de muerte una criatura que apenas abría los ojos a la vida. En sus versos leemos y sentimos  el dolor máximo, y se nos ubica entre la suprema rebelión de los poetas románticos al enfrentar a Dios y retarlo, que para Pérez Bonalde es la culminación trágica de una existencia destrozada por el destino y la fatalidad.



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