Una pequeña presentación

Los Mínimos y Máximos de Félix Esteves es una casa, un hogar, construido con amor, esfuerzo, dedicación y hasta con aburrimiento. Tiene muchas puertas donde todos pueden entrar. Tiene muchas habitaciones, donde de seguro en algunas podrás sentirte cómodo, y en otras, tal vez contrariado y hasta… por qué no… molesto. Sin embargo su propósito no es agradar ni molestar, no es ganar amigos ni enemigos… de todas maneras ambos son bienvenidos; su fin es mostrar y demostrar lo variopinto de una mirada, la pluralidad de una cosmogonía a través de mi “micromundo”, de lo exterior visto y sentido desde mi interioridad… es un grito contra la discriminación, es un arrullo de amor a la diversidad, es mi tarjeta de presentación como ser humano, como hombre, como gay y miembro de la comunidad LGBT... tal vez es algo más… no lo sé… aún lo estoy averiguando.

Félix Esteves

Amigos de Los Mínimos y Máximos

Mostrando entradas con la etiqueta Teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teatro. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de enero de 2013

TENNESSEE WILLIAMS: El Deseo Homoerótico Atrapado en su Período Pre-Stonewall.


Pequeño Preámbulo.


Thomas Lanier Williams, mejor conocido como Tennessee Williams, nació el 26 de marzo de 1911 en Columbus, Mississippi. Su madre Edwina Dakin, era una maestra de piano, hija de un ministro de Prim; su padre Cornelius Coffin Williams, un vendedor de zapatos,  alcohólico, que maltrataba a su esposa e hijos y que llamaba a Tennessee en forma de burla “Miss Nancy” debido al amaneramiento del niño. Tennessee pasó así sus años de formación en St. Louis, Missouri.

Tennessee tuvo una hermana, Rose, un año mayor que él, y fue muy importante en la formación psicológica del escritor, tal como nos señala la escritora Eunice Castro Orchillés en su reseña biográfica  novelada “Tennessee Williams. Las pasiones y amarguras del gran dramaturgo”:

“A principios del año 1906, Rose tenía 6 años de edad, Thomas casi 5 y eran tan unidos, que actuaban como si fuesen gemelos. La afinidad psicológica entre ambos era tan intensa, que cuando Rose tenía gripe, amigdalitis o paperas, Thomas estaba convencido de que él también estaba enfermo.” (Castro: 2012)

Tennessee Williams de pequeño con su madre y su hermana.
El escritor pasó su infancia y pubertad entre el amor de una madre sobreprotectora y una hermana que lo guiaba en todos su pasos, bajo el maltrato de la figura paterna y las enseñanzas religiosas episcopales de sus abuelos, además de oír las canciones, leyendas y cuentos de Ozzie, la sirvienta negra. Tal vez esa forma de vida excesivamente amorosa entre las faldas de su madre, hermana y criada, ayudaron a Tennessee a decidir sobre su sexualidad, pues era homosexual, pero siempre estuvo en el closet debido a los parámetros sociales existentes en una época homofóbica y una sociedad que aunque abierta a los cambios no se deslastraba de su puritanismo religioso que condenaba a los gays que llevaban una vida abierta.

Su vida como estudiante pasó de las letras al periodismo, pero su pasión oculta era escribir. Con varias obras escritas desde su temprana adolescencia, desde que su madre le regalara su primera máquina de escribir,  a los 29 años pudo tener su primer éxito en Broadway con “Batalla de ángeles” de  1940, pero el fracaso lo persiguió inclementemente. No obstante, durante los años que duró la Segunda Guerra Mundial, maduró su espíritu y su estilo, en un entorno atemorizado y angustiante como el que se vivía en gran parte de los Estados Unidos. Tras ese clima bélico, recién empezó a ser visto y reconocido por el público y la crítica, lo que le dio valor para probar nuevamente suerte en Broadway  y en 1945 se estrena “El zoológico de cristal”, teniendo la obra un éxito total.

Tennessee supo filtrar sus temores y miedos de su infancia y de su primera juventud y toda la imperfección del sur norteamericano con su belleza y también sus injusticias sociales en su obra, como ningún autor y dramaturgo ha hecho:

“El sur estadounidense donde creció y empezó a amasar sus temores, se convirtió en el escenario perfecto para descubrir lo imperfecto en una sociedad cuyas marcas de soledad, miedo y violencia se habían acumulado con los años en una especie de olla de presión. Él, un autor prolífico, fue uno de los artistas que supo abrir esa olla y hallar en ella la manera de expresar ese concentrado humano y explosivo.”  (Batalla: 2011)

La obra de Williams se pobló de conflictos humanos, de monstruos, pero no seres de deformaciones físicas sino emocionales y psíquicas, de seres solitarios, fracasados, corrompidos y decadentes. Nacieron así en el más puro ambiente escatológico, lleno de dolor y de frustraciones humanas obras como “Un tranvía llamado deseo” (1947), “La gata montada sobre el tejado caliente” (1954), “La rosa tatuada” (1952), y “De repente, el último verano” (1958) entre otras muchas.

En conflicto sobre su propia sexualidad, en decir o callar sobre su homosexualidad, Tennessee Williams escribió directamente sobre el mundo gay en sus cuentos y poesías, pero sólo rara vez en sus obras teatrales. Aquí no haremos un análisis muy profundo ni muy extenso de sus escritos, sin embargo, en general, señalaremos puntos importantes sobre cómo es tratada la homosexualidad en sus obras de teatro, cuentos y poesía, y en especial en aquellas obras más conocidas por el público en general asiduo y fanático del teatro y el cine; de igual manera señalaremos aquellos cuentos o relatos que enmarcan la época homosexual pre-Stonewall.

Tennessee Williams: sus formas de ver y sentir sobre la homosexualidad.


Homosexualidad en la Obra Teatral


La homosexualidad de Tennessee Williams era un secreto a voces,  que fue públicamente confirmada hasta la era post-Stonewall cuando los críticos gay le reprendieron por no salir del closet, lo que hizo que el dramaturgo declarará en sus “Memorias” de 1975 su homosexualidad. A partir de entonces su obra teatral comienza a tocar la homosexualidad de una manera más directa y ser la protagonista. Sin embargo, cualquiera que hubiera leído sus cuentos y poemas, en los que Williams podría ser más sincero de lo que podía estar en las obras escritas para un público de Broadway, tuvo una amplia evidencia de su homosexualidad.

La obra de Tennessee Williams plantea problemas interesantes para el lector gay. En su mejor momento, Williams escribió algunas de las más grandes obras americanas, no obstante los homosexuales que se mencionan en sus obras más famosas, están muertos, o encerrados en sus herméticos closets, pero nunca aparecen en escena directamente, quizás el personaje más directo que alude a la homosexualidad en su época pre-Stonewall es  Brick Pollit de “La gata montada sobre el tejado caliente”, y puede considerarse el personaje más atormentado de todos los de la producción  literaria de Williams; este joven deportista, perteneciente a una familia adinerada del sur y casado con una bella mujer que lo ama, no es feliz aunque aparentemente lo tenga todo, y es que su principal problema está en lo más profundo de su interior, en algo muy íntimo que sólo  él sabe, su homosexualidad, y que si se descubre supone el escandalo social y su ruina como deportista, como marido y como hijo.

Brick Pollit está enamorado de su compañero de universidad Skipper aunque él “no lo sabe”, Skipper se suicida, y esto lo hunde en una depresión lo que hace tambalear su ya falso matrimonio.  Skipper era un homosexual que vivía su sexualidad abiertamente y poco antes de suicidarse le confiesa a Maggie (esposa de Brick) sus sentimientos hacia Brick, una realidad que atormenta al protagonista pues toma conciencia de su propia sexualidad gay, pero a diferencia de Skipper, que se atreve a reconocer su identidad, Brick no es capaz de asumir su condición, En este caso, el personaje no sufre tanto porque la sociedad critique y desapruebe su comportamiento, sino porque sabiendo la respuesta de su entorno, no puede permitirse asimilar la realidad  y,  mucho  menos,  comunicarla.  Brick  tiene  miedo  de  reconocerse  a  sí mismo pues en su mente no cabe otro comportamiento que no sea el heterosexual y, además, su posición social se lo impide. Esto lo lleva en caer en la falsedad, el disimulo, y en la mentira, ese concepto que él tanto critica, y a no poder evitar rechazar a su esposa a la que desprecia porque considera responsable de la muerte de su amigo.

Si en “En el zoológico de cristal” el  centro era la castración materna, en  “La gata montada sobre el tejado caliente” el eje simbólico es la amistad homoerótica. Skipper y Brick componen un marco de  solidaridad y amor que  rompe  la  imagen  femenina,  pero  en  el  subconsciente  de Brick, ahora alcoholizado,  queda  una  deuda  hacia  su amigo muerto,  de  tal modo que  no  puede  realizar  ninguna  intimidad  sexual, ni siquiera con su esposa.  Brick el homosexual vivo vive reprimido, Skipper, el homosexual “liberado por si mismo” de las cadenas de la sociedad puritana, sin embargo está muerto.

Aunque Tennessee no plantea una solución efectiva al problema de Brick, le va dando  en la medida que la obra avanza  la  posibilidad  de  reconciliarse  con  su  entorno  para poder llevar una vida más fácil, pero no más placentera. Desde el principio, él está siempre desaliñado, en pijama, recluido en su habitación debido al reposo que tiene que guardar tras una fractura que le ha ocasionado una lesión en la pierna, no obstante el yeso en su pierna no es más que el símbolo de la  mutilación  sexual  que  padece,  de  la  que  sólo  puede  reponerse bebiendo  alcohol,  una  forma  de  evadirse  de  la  realidad  que  no  le  reporta  la felicidad, pues le da pánico reconocer su homosexualidad.

En “De repente, el último verano”, quizás su obra más dura y cruda, se aborda igualmente la homosexualidad, pero desde un punto altamente homofóbico. La homosexualidad de Sebastián (personaje muerto pero que sin embargo mueve y origina la trama) es algo más que claro; según el personaje de su madre Violeta, era completamente casto pero las revelaciones que hace su prima Katherine permiten que esto se ponga en duda. Y muy en duda en cuanto que utilizaba a las mujeres de su entorno (su madre y prima) para atraer hacia sí jóvenes muchachos de los que rápidamente se cansaba y a los que tenía que sustituir por otros platos del menú (así se expresaba Sebastián respecto a las personas). Así, homosexualidad y canibalismo, dos elementos de la obra que supusieron un gran escándalo en su época, no son más que metáforas del mundo de Sebastián. Este joven es un hombre que se cree “Dios”, es rico, hermoso, maneja a su antojo a todos, claro él es producto de su madre. Sebastián posee a los hombres y los “devora” metafóricamente, es el gay insaciable, cruel y promiscuo, el prototipo de la imagen hecha por la heteronormativa para descalificar la homosexualidad masculina.

“De repente, el último verano”, vale la pena señalar que Sebastián tiene tendencias de mártir al igual que su tocayo (San Sebastián, siendo por supuesto el santo gay por excelencia). Pero esto no impide en absoluto que su muerte sea el resultado de la homofobia. Si la sociedad hubiera sido más abierta, Sebastián podría haber encontrado el amor en la puerta de su casa en Nueva Orleans, y a lo mejor no se habría convertido en el gay neurótico autodestructivo, y tal vez la última jugada repente en ese último verano no existiría. En su lugar, es asesinado por caníbales heterosexuales que son simplemente el símbolo de las tendencias homofóbicas del heterosexismo, a la cual Tennessee Williams siempre se vio sometido, como todos los homosexuales de su época. Recordemos que Tennessee sufrió del maltrato homofóbico desde muy pequeño, y en especial por parte de su propio padre.

Estas contradicciones (siendo gay y sin embargo creador del “bad gay”) es el producto de la homofobia interiorizada, no podemos condenar a Williams por no tener una sensibilidad gay contemporánea, pero podemos decir que su actitud hacia su propia homosexualidad refleja la época en que vivió. A fines de 1940 y principios de 1950, la era de McCarthy, en la que Williams escribió su mejor obra, la homosexualidad era rechazada, era la marca de traidor y la imagen de la “degeneración”.

En “Un tranvía llamado deseo” Blanche Dubois se presenta como una mujer soltera, no obstante es una mentira, pues ella se casó con Allan Grey. Este personaje, el cual nunca aparece en escena, sólo es nombrado, es un personaje gay, y explico el por qué: en 1947, hubiera sido mucho más cómodo, respetable, ir con el sello de viuda. Sin embargo Blanche prefiere omitir ese pasado, Allan Grey se suicida porque no soporta la presión homofóbica de la sociedad y se mete un tiro cuando Blanche lo enfrenta con su homosexualidad. Al final de la primera escena, cuando Stanley pide a Blanche confirmar que se casó una vez y pregunta lo que pasó, ella responde angustiada por revelar su pasado que  “El muchacho: el muchacho murió”. En 1947, una viuda simplemente no llama a su marido muerto un “muchacho”. Esta palabra es evidentemente contraria a la palabra esposo u hombre. Así que puede significar una o ambas de estas dos cosas: primero, que era muy joven cuando murió, en efecto, no estaba aun completamente desarrollado, por decirlo así, y en segundo lugar, era menos que un “hombre”.  Esto ayuda a desarrollar la oposición que Tennessee Williams logra entre antagonizar el muertos Allan “Homosexual” y el vivo Stanley “Macho” u “Hombre”.

Más adelante Stella, la hermana de Blanche y mujer de Stanley, le dice a este: “La gente como tú abusó de ella y la obligó a cambiar”… “Allan, también, era una criatura frágil”. Su fragilidad, claramente femenina al ser análoga con la de Blanche, se opone a la fuerza brutal y masculina de Stanley. En otra escena, Stanley se apodera de un fajo de papel que pertenece a Blanche. Blanche le dice: "Estas son cartas de amor”… pero nunca se dice que son de ella, simplemente que son del muchacho, cuestión que sugiere que son cartas de amor de Allan dirigidas a otro hombre, o poemas escritos por Allan a su amor masculino. Aquí Williams utiliza el recurso, muy utilizado en toda su obra literaria la ecuación: poeta/artista/creador = monstruo/freak o estrafalario/hombre gay/ Mujer extraña. Stanley es sinónimo de normalidad en comparación con el refinamiento o extravagancia de Allan (y de Blanche).
Stella prosigue también con su discurso:

“Se casó con un muchacho que escribía poesía” ... “Era muy guapo” … “Creo que Blanche no sólo le encanta, adoraba el suelo que pisaba!”… “Pero luego descubrió” …  “que este joven hermoso y talentoso era un degenerado” (A Streetcar Named Desire. New York: Signet, 1972. p. 189-190)

Stella, en contraposición a Blanche, le gustan los hombres, los machos, como su marido Stanley, ella es, en todo caso, una mujer machista y su elección de adjetivo (degenerado al referirse a Allan) muestra sus tendencias homofóbicas, y en la  práctica, la homofobia es una de las mejores maneras de hacer respetar el patriarcado, de fomentar el machismo.
Blanche se refiere a Allan de esta manera:

Él era un niño, sólo un niño, y yo era una muchacha muy joven. Cuando yo tenía dieciséis años, hice el descubrimiento del amor”… “Era como si de repente se convirtiera en una luz cegadora algo que siempre había sido mitad sombra, así es como golpeó el mundo para mí. Pero no tuve suerte. Estaba cegada… fui engañada. Había algo diferente en el niño, un nerviosismo, una suavidad y ternura, que no era como la de un hombre, aunque él no era afeminado, existía algo, esa cosa estaba allí”... (Ibídem, 182-183)

Claramente, la homosexualidad está presente en la obra teatral de Tennessee Williams sin embargo, sería simplista ver a Williams como una especie de militante gay. Él mismo tiempo sufría de un caso severo de la homofobia internalizada. En la mayoría de los casos, incluido el suyo, él se mantuvo virgen hasta los 26 años (1937), y después de algunos asuntos heterosexuales cedió a sus deseos homosexuales de mala gana, de manera progresiva y tardía, posiblemente a partir de 1939. Salió del clóset muy lentamente, y sólo salió públicamente en el Show de David Frost a la avanzada edad de cincuenta y nueve años, a raíz de Stonewall, por entonces, su sexualidad era prácticamente un secreto a voces.

Homosexualidad en los cuentos o relatos cortos.


Si bien Tennessee Williams es conocido por su obra teatral, fue un escritor prolífico que no sólo indago y creo excelentes obras para el teatro, su talento le hizo crear innumerables cuentos, no obstante estos relatos son pocos conocidos y sólo se han editado pocas veces. Muchos de estos cuentos fueron escritos entre 1941 y 1953; es decir, en el plazo o ínterin en que el escritor pasaba de ser un autor de piezas de Broadway a un popular y solicitado adaptador de su propias obras para el cine hollywoodense. 

Estos relatos, son obras “terriblemente” autobiográficos donde Tennessee recorre de cabo a rabo los vericuetos de sus vivencias y de la sociedad para la cual escribió. Así vemos una jauría de personajes que caminan en la delgada línea de la desesperación, personajes que se encuentran en los límites de la “normalidad” y la “locura”. Los personajes de estas nueve historias cortas viven atrapados en las lacradas y obtusas normas sociales que los rechazan, los marginan y los atormentan, pero aún a pesar del panorama cernícalo y gris en que se encuentran no dejan de vivir apasionadamente, de reírse de sus fracasos, de sus miedos y de sus mortificadas vidas. Personajes que ríen y ríen a carcajadas excéntricas, trastornadas y frenéticas, que se entregan sin medir a la poca alegría que les ofrece las mezquinas formas de la normativa social tal vez para no llorar y sucumbir en el dolor.

Por ejemplo en el relato corto “Fiesta para dos” Tennessee nos entrega dos personajes que viven al límite donde su única analogía es la misma desesperación que nos trae la soledad, el miedo de no tener a nadie: Billy y Cora, un matrimonio integrado por un fracasado escritor homosexual y su esposa  una mujer alcohólica quince años mayor que él. Estos personajes son “nómadas”, que viven de hotel en hotel, de ciudad en ciudad, entregados a la vida sibarita, compartiendo amantes, y ahogando sus penas en los “whiskeys on the rocks”, tratando de borrar el pasado lejano y el pasado reciente, sin ver atrás para no tener que pensar en el futuro.  


En dos historias de la década de 1940, Tennessee Williams presenta imágenes “subversivas” del deseo homoerótico. Tanto en “Un brazo” y “El deseo y el masajista negro”, revela el deseo homosexual a través de la agresión, la violencia, la muerte, e incluso el canibalismo. Estos relatos de veinte años antes de Stonewall, Williams tuvo la valentía de presentar el deseo entre hombres en un lenguaje semicodificado. Él utiliza metáforas, tropos, y un conjunto muy particular de imágenes y símbolos. Su lenguaje figurativo en estas historias se refleja el impacto de estas relaciones limitadas por la sociedad, pero que sin embargo las planteas como  opciones románticas. El resultado es una articulación de la homosexualidad que revela la caída de los marginados personajes, personajes que sucumben y son derrotados debido a las limitaciones de la sociedad y el desprecio por la intimidad homoerótica.

La relación entre el cuerpo y el dolor es el significante predominante gótico en “Un brazo” y “El deseo y el masajista negro”. Del mismo modo, algunas de las obras de Williams, como “Un tranvía llamado deseo” y “De repente, el último verano”, revelan una relación entre el deseo y violencia: sólo a través del contacto físico intenso y doloroso, son posible las conexiones emocionales, el dolor lleva al placer y viceversa, el dolor-sexo-placer son el camino a la culminación erótica orgásmica que tiene como fin la liberación que no es más que la muerte. 

En ambos cuentos o relatos Williams utiliza la semiótica gótica, especialmente en las significaciones de la oscuridad, la desesperación y la violencia a través del lenguaje figurado. “Un brazo” y “El deseo y el masajista Negro” están cargados con modernos adornos góticos: el ajuste como un lugar alejado de la luz del día y la convención social, un humor siniestro con un entorno de suspenso y la reestructuración dinámica de la relación amo-esclavo que prevalece en muchos textos góticos del siglo XIX. En estas historias, a través de personajes que se esconden en los refugios subculturales de Nueva Orleans, Williams revela las problemáticas del deseo sexual erótico entre hombres. De alguna manera estos personajes y sus deseos a veces “grotescos” pueden ser leídos como monstruosos, anormales, según los estándares convencionales, ya que se apartaban de los estándares de la sociedad. Para muchos escritores de las décadas de la posguerra, las historias de atracción del mismo sexo son inevitablemente historias de decepción y desastres, Williams no se separó de esa visión, lo que implica un fuerte temor cultural de la homosexualidad masculina en sus mundos contemporáneos. Muchos escritores hacen este tipo de asociaciones a través del uso de tropo gótico. Al igual que el vampiro o cualquier monstruo de la novela gótica clásica, en estas historias los personajes de Williams existen en los márgenes donde la muerte sólo proporciona una liberación.

Junto con el erotismo que domina la mayor parte del texto del relato “Un brazo”, la obra de Williams revela un discurso homofóbico imperante a mediados del siglo XX en la sociedad. La homosexualidad se explica como un cambio de estado, desde una posición adecuada en la sociedad a una inadecuada. El protagonista, Oliver,  un joven y hermoso granjero de Arkansas se casa con una mujer después de un escándalo sexual, se mete en la marina y comienza a trabajar como boxeador logrando el campeonato, pero un accidente automovilístico  lo desfigura, pierde su brazo, no obstante aquel defecto lo hace más hermoso y deseable, y empieza su periplo como un prostituto masculino como una forma de ganarse la vida. Pero Oliver ve el accidente más como un regalo, ya que puede disfrutar de su homosexualidad, pues siendo prostituto se gana la vida y al mismo tiempo disfruta de su verdadera sexualidad. Oliver es apresado, y desde  la celda de los condenados a muerte, oficia como un semidiós del deseo y de la derrota para cientos de admiradores, que lo cortejan por carta como a una estrella de cine, al final muere en la silla eléctrica. “Un brazo” marca el paradigma del reconocimiento, el deterioro y la destrucción del deseo hombre-hombre en una sociedad intolerante. Williams combina lenguaje gótico y el estigma cultural para enfatizar la percepción destructivas del deseo homoerótico. Al igual que el monstruo gótico del siglo XIX, el homosexual es creado, reconocido, temido, perseguido o condenado al ostracismo, y finalmente destruido. Oliver-desviado, deformado y loco-representa el deseo homosexual como enfermo y destructivo.

En “El deseo y el masajista negro”, el protagonista, un hombre blanco llamado Anthony, sólo puede cumplir su deseo a través del desarrollo de una identidad alternativa. Él vive dos vidas: en primer lugar como un empleado de cuello blanco que sufre “de una especie de vago dolor cerca de la base de su espina dorsal” y en segundo lugar como el hombre gay deseoso de ser poseído en una relación interracial sadomasoquista. En “El deseo y el masajista negro”, donde el terror se define y se limita a la intimidad homosexual de una forma brutal y sadomasoquista, en los baños subterráneos, donde las barreras sexuales no existen y los limites morales son desafiados a través de la violencia. Este relato, además de desafiar los convencionalismos de la heteronormativa también planteaba las relaciones interraciales cuando aún era o existía una separación o racismo en los Estados Unidos y más en los estados del sur.   
Anthony y el masajista ilustran un complejo engranaje de los opuestos. Anthony subvierte su deseo y expresa sus necesidades físicas a través de su fetiche oral, el masajista representa el deseo, pero no pueden expresar el deseo de sexo, sino sólo como violencia. En cierto sentido, los dos están perfectamente sincronizados: Anthony le gusta ser golpeado, y su masajista le encanta golpearlo, es la única manera de ser ganador en una sociedad que margina a los negros. Al final el masajista mata de placer (golpes) a Anthony y lo devora.

Otras dos historias merecen atención, “Caramelos duros” y “Los misterios del Joy Rio”. Los dos relatos son una variación sobre el mismo tema y emplean el mismo decorado, el Joy Rio, un teatro venido a menos y reconvertido en cine, en cuya parte superior mantenían encuentros esporádicos los hombres de la época. Tennessee retrata la homosexualidad de manera muy abierta. Aparece el deseo y ciertas vías y decorados en los que se materializa de una forma llamativamente evidente (en las obras de teatro y otros relatos las referencias suelen ser más veladas). En este sentido, son novedosas. Un deseo que aparece a la vez como nefasto, con consecuencias que se relacionan con la enfermedad y la muerte.

En “Caramelos duros”, un anciano se llena el bolsillo todas las mañanas con caramelos que más tarde cambia por favores sexuales, hasta un día en el que todo se tuerce. En “Los misterios del Joy Rio”, nos cuenta la relación de amor entre un relojero casi anciano y un jovencito mexicano, que, poco a poco, irá convirtiéndose en una réplica de su mentor. En ambos relatos celebran la búsqueda de placer, en ruinosas salas cinematográficas, de homosexuales algo o excesivamente viejos, que surgen como espectros de su propia soledad, para alcanzar los grandes sueños de sus vidas durante los minutos de sensualidad fugitiva, de placer efímero en las movedizas sombras de las butacas, arriesgándose a la violencia y a la policía.

En “La similitud entre una funda de violín y un féretro” se narra la llegada a la adolescencia de de una niña, su despertar sexual de ella y su hermano menor con la llegada de un joven que ensaya el violín con la chica, ya que mientras la joven tiene su primer enamoramiento adolescente, el chico descubrirá y explorara sus primeros instintos homosexuales. Un relato hermoso que muestra el amor filial y lo efímero de la belleza.
“The Knightly Quest” de 1966,  quizás uno de los mejores relatos de Tennessee Williams, esta hilvanado durante los duros años cuarenta y concluido a mediados de la turbulenta década de los sesenta, la obra es un mezcla de ciencia ficción y literatura gótica, donde el escritor no solo nos revela su percepción ideológica sobre el papel de resistencia política del “gay” en un sistema totalitario, sino que muestra algunas de sus estrategias contra-narrativas en la lucha contra el orden heterosexista y su heteronormativa. Williams al  optar el desenlace típico de la ciencia ficción del desastre total,  subvierte o contrapone la lógica del género popular favorito de la Guerra Fría. La amenaza ya no procede de marcianos u otros alienígenas o el ataque nuclear de los soviets, sino del propio sistema americano como el Estado que aniquila cualquier forma de “Ser Otro” o diferente, su disidencia o disconformidad. De igual manera, al convertir al homosexual, que representaba la “pureza del perverso multiforme” en el inconsciente colectivo de aquel entonces, en el superhombre éticamente superior de un mundo agónico y en el superviviente de una incierta utopía futura, Tennessee Williams concede un rol preponderante al “Monstruo” (el homosexual) como libertador del sueño americano de una independencia individual sin demarcaciones o límites.

Los Poemas de Tennessee Williams


Williams escribió desde el armario durante muchos años, con su homofobia interiorizada, con su deseo erótico por los hombres, y por los monstruos que poblaron su existencia marginalizada por el heterosexismo. Tennessee escribió así una profunda poesía llena de miedo y de dolor, de desesperación, que se balancea entre el deseo carnal y el amor puro, entre el odio por sentir ese deseo prohibido y por el placer de ser poseído u amado por aquellos jóvenes que buscaba en las zonas de cruising de mala muerte, su poesía está llena de metáforas que nos sugieren imágenes varoniles homoeróticas que se retuercen  entre las sabanas sucias de moteles y cuartuchos oscuros, entre subterráneos malolientes y bajo los puentes de las ciudades noctambulas, de hombres que se venden, de hombres que se entregan, de hombres que aman con miedo y aun así aman bajo la mirada inquisidora de una nación en una época ultrahomofóbica. Aquí les dejo algo de las bellas composiciones poéticas de este Caballero de las letras que marcó un hito en la forma de hacer teatro, de escribir los sentimientos humanos y de enfrentar al mundo pre-Stonewall – aunque sea con un tono homofóbico – sobre la realidad del mundo gay.



Por Félix Esteves

jueves, 16 de agosto de 2012

ELISA LERNER: "La soledad es la patria del escritor". Entrevista realizada por Viviana Marcela Iriart.


Lo dijo cuando la entrevista había finalizado y tomábamos té con masitas en la acogedora cocina de su apartamento caraqueño. “Elisa,  me acaba de regalar el titulo de la  entrevista” le dije emocionada. “Es de la novela que estoy escribiendo, pero se lo presto” respondió con una sonrisa la escritora, ensayista y dramaturga, Premio Nacional de Literatura 2000.
Pero no comenzamos hablando de su nueva novela, una hora antes, sino del elogio de Julio Cortázar a su monólogo “La mujer del periódico de la tarde” (1976):

“¿Hijos? No. No tengo. Mi negligencia, mi descuido, mi distracción no me ha permitido tenerlos. Pero, ahora, cuido de cada arruga de mi rostro como de un hijo. ¡Y en qué madre prolífica me he convertido! Por supuesto, el máximo desaliño ha sido arribar a los cincuenta. (…)  Pero, últimamente, estoy albergando la convicción de que los productos de primera, en el rostro de una mujer de cincuenta,  se vuelven  de segunda. (…)  Untándole un poco de petróleo a mi crema Ponds  me siento mucho más nacionalista. (…)  Para una, la inflación comienza después de los cuarenta.  Cómo se ponen, entonces, de caros los hombres.”

- El escritor Julio Cortázar escribió una carta elogiando este monólogo.
- Sí, en una carta que él no me envió  a mí sino a una  muchacha, Susana Castillo, que era profesora en la Universidad de California y venía mucho aquí porque escribió varios libros sobre teatro venezolano.  En el año 1979 ella le mandó  a Cortázar mi monólogo y  él le escribió y le dijo: “No dejes de decirle a Elisa Lerner que me gustó muchísimo su monólogo”.  Yo he hecho referencia públicamente a esta carta pero nunca la he publicado porque no era una carta para mí.

- A los 11 años usted le dijo a su padre que quería ser escritora. ¿Cómo supo siendo una niña lo que quería ser?
- Porque a mí me iba muy bien en la escuela con las composiciones, siempre era la mejor y eso no era fácil  porque yo tenía compañeras que eran brillantes, muy inteligentes, como Marianne Khon Becker.  Por eso yo creo que la escritura es un don.

-  ¿Leía mucho de niña?
-  Sí, en  las vacaciones leía muchísimo y esas eran como mis vacaciones, la lecturas. Y por otro lado yo tenía una hermana, todavía la tengo pero está muy enferma, mayor que yo, Ruth,  que estaba llena de luz.  Ella fue una persona muy importante aquí en Venezuela, fue ministro de educación, embajadora en la Unesco… Pero continuando con el relato, lo importante para mí es que ella estaba llena de luz, de una felicidad de vida durante nuestra infancia, nuestra adolescencia, como si ella estuviera de primera en el camino.

-  ¿Su hermana también escribía?
- No, si ella hubiera querido hubiera escrito muy bien, porque yo leí un trabajo que hizo en la  primaria sobre un clásico español y era una maravilla la fluidez de su escritura. Pero ella decidió declamar porque había nacido en Europa, en cambio yo nací en Valencia y me trajeron aquí a los 3 años y nuestra mudanza coincidió con la muerte del general Gómez.  Yo me enteré esto  que le voy a contar cuando leí una larga entrevista que le hicieron a mi hermana: como ella llegó a Venezuela de 3 años y medio no dominaba el idioma y aunque era una niña preciosa supongo que las niñas le harían mofa o algo así porque no hablaba bien el español. Entonces un día ella se paró en la plaza Bolívar de Valencia y comenzó a decir poemas, ella tenía un gran talento para decir poemas de una manera especial, no de esa manera solemne como lo hacían las declamadoras profesionales de la época.  Y entonces, gracias  a mi hermana, yo escuchaba los poemas más hermosos de ese tiempo, Lorca, Antonio Machado y Rubén Darío, siempre Rubén Darío, sus largos poemas… Mi hermana también declamaba a las grandes poetas sudamericanas y como ella tenía que aprenderse de memoria cada poema, yo estaba allí y la escuchaba una y otra vez. Y entonces me acostumbre al ritmo del idioma, del castellano. Por otro lado mi madre era de lengua alemana y había hecho el bachillerato en Czernowitz, una ciudad muy importante que había sido como el último bastión del imperio austrohúngaro,  y mi padre era de Nova-Solitza, una pequeña población en la frontera que algunas veces fue rusa y cuando él vino para acá era rumana. Y mis padres nunca llegaron a hablar un español académico.  Mi madre me hablaba y cantaba canciones en alemán cuando yo era muy niña, por ejemplo para que yo me bebiera la leche que no me gustaba. Pero llegó un momento  en que dejó de hablar alemán y de cantar canciones, y eso sucedió cuando llegó el nazismo.

- ¿Su madre renunció a su idioma materno a causa de la guerra?
-  Sí, lo hizo por respeto a mi papá que era más religiosa que ella en el tema judío. Porque ella hablaba en alemán con otra gente, pero no en la casa. Y entonces a mí me quedó como una añoranza, una doble añoranza de haber perdido un idioma sin haberlo aprendido. Y por otro lado quería hablar un español correctísimo porque mis padres nunca llegaron a hablarlo bien. Mi madre siempre leyó la prensa venezolana y mi padre hablaba un español fluido por el mundo del trabajo, de la calle y Caracas era una ciudad muy cordial, muy abierta con los inmigrantes. Y todo eso fueron varios factores: haber perdido un idioma antes de haberlo aprendido; pensar que yo nunca iba a poder, esto fue inconsciente, manejar un idioma con la perfección que lo podían hacer otras cuyos padres siempre habían hablado español y,  al mismo tiempo, la paradoja de que yo siempre estaba escuchando el idioma a través de los poemas que declamaba  mi hermana.

- ¿No le producía angustia querer ser escritora si pensaba que no hablaba bien el español?
-  No, al contrario, me producía una enorme felicidad, porque a mí me iba muy bien en la escuela escribiendo y eso me producía una gran seguridad, lo que no tenía era seguridad sobre lo que iba a escribir. Y nunca me pasó por la cabeza pensar que yo no era una niña rica y que en Venezuela estaba muy claro que sólo… esa era una tradición venezolana, que cuando un escritor venía de una familia rica, o él mismo podía haber sido exitoso y había podido ganar dinero porque le había sonreído la suerte, entonces tenía como el camino abierto para dedicarse a la escritura y publicar. Ese fue un problema que a mí no se me planteó en ese momento, yo le dije a mis padres “voy a escribir” y lo hice el día en que me regalaron unos zapatos que tenían unas trencitas y me pareció que eran los zapatos de una escritora profesional. Entonces me vi como en la marcha, con esos zapatos, para un largo camino hacia la literatura.

- Usted cuenta en unas de sus crónicas que su padre le regaló una pluma Parker cuando le dijo que quería ser escritora.
-  Sí, pero eso no fue a los 11 años cuando se los comuniqué por primera vez sino en mi adolescencia.

- ¿Y su mamá que dijo?
- Mi mamá no dijo nada. Mi  mamá era la autoridad y mi papá era el sueño, la complacencia, el cariño. Mi mamá era… yo creo que pude pensar en cuartillas limpias porque tuve sabanas limpias, una lencería feliz en mi infancia, un orden, una comida.

-  Cariño.
-  Una buena comida es una forma de cariño. Las cosas que mi madre nos brindó eran muy difíciles en la Venezuela pobretona en la que yo nací, yo me di cuenta después porque de esas cosas no se hablaban, yo tenía muy poca relación con las niñas en mi escuela para saber que lo que mi madre nos daba no era tan común.

“En realidad esta cuestión de los zapatos es uno de los temas más apasionantes en una democracia: deslinda izquierdas y derechas. Zapatos de tacón bajo o sin tacón, siguen una línea izquierdista. Porque el tacón bajo, o sin tacón también, está pegado al suelo. Ahora bien, los zapatos de tacón alto, Luis XV, por ejemplo (la Bella mira con cierta inquietud sus zapatos: son de tacón Luis XV), giran hacia la derecha. Se alejan  de la realidad, del suelo. (…) Pero lo más político es ir al zoológico. Conocí a un militante que me invitó  un domingo a un zoológico que ha propiciado Pro Venezuela: todos los animales de ese zoológico son nacionales.  Allí no priva la constante universal. 
Pues bien, fue algo muy lindo: vi por igual monos y dirigentes.”   

Una entrevista de prensa o La Bella de Inteligencia, Elisa Lerner, 1960

-¿Usted era tímida?
-  No, no, yo no era tímida.

-  ¿No se relacionaba con las otras niñas porque había antisemitismo?
- ¡Para nada! Nosotras éramos las más queridas, Marianne y yo  que estudiábamos en el mismo salón y Dita, su hermana que era más joven,  era queridísima porque tenía una personalidad arrolladora, era muy simpática, tenía mucho humor, una gran vitalidad y era muy solidaria, generosa.

- Como es ahora.
- Como es ahora, sí. Te voy a contar una anécdota de Dita. Nosotros recibíamos el diario El Nacional, que era un diario importante, y lo sigue siendo; era un diario muy literario, muy esperanzador, porque lo habían fundado gente que había adversado a la dictadura de Juan Vicente Gómez. Y ese era un momento en el que se estaba librando una gran batalla contra el nazismo y se pensaba que Venezuela se iba a adentrar en la democracia, era un momento en el que había fiebre de ideología en el mundo.  El Nacional estaba a favor de la república española, así que también escribían exiliados españoles que vivían aquí. Así que, junto con los libros, ese periódico me infundió a mí mucho estímulo para pensar que yo alguna vez podría escribir en algún periódico. Allí escribía una escritora joven, Ida, que escribía unos reportajes preciosos.

- ¿La poeta Ida Gramcko?
- Sí. Entonces yo leía los reportajes de Ida y decía: bueno, a lo mejor yo alguna vez puedo llegar a escribir…Claro, esto me lo decía en mi interior y muy dubitativamente, porque yo a nadie le decía que quería ser escritora. Se lo había dicho a mi papá y él se sonrió y pensó que era como un sueño de niña.

-  ¿Y la anécdota cuál es?
-  Todos los domingos yo recibía el diario, que lo llevaba un pregonero. En las casas del Centro, donde nosotras vivíamos,  había un zaguán y a primera hora de la mañana él dejaba allí el periódico. Los domingos el diario tenía el Papel Literario donde muchas veces, en la página central, había un reportaje de Ida Gramcko. Un día, yo tendría unos 11 años,  llegué  a la escuela llorando a lágrima viva y Dita me preguntó por qué estaba llorando de esa forma estrepitosa y yo le dije que era porque no había podido leer el reportaje de Ida porque el pregonero no me había dejado el periódico. Al día siguiente Dita se apareció con el diario y me lo regaló… ¡y ella también lo coleccionaba!

- ¿Pudo conocer a Ida Gramcko?
- Sí, con el tiempo yo llegué a ser como parte de su familia porque Ida escribió en  La gruta venidera, un libro que Elizabeth Schön publicó cuando yo estaba saliendo de la adolescencia. Yo quedé tan fascinada con este libro que una vez me la encontré caminando por la plaza Bolívar, ella iba con Silva Estrada y se lo dije, y Elizabeth Schön, sin ser amigas, me lo regaló. Y ese libro, igual que los reportajes y los poemas de Ida, para mí significó muchísimo, ella para mí fue una influencia.

- ¿Mas que Ida? ¿O diferente?
-  Diferente.  Ella fue muy importante para que yo escribiera mi primera pieza, “La bella de inteligencia” pero no sólo eso, fue una gran amiga, una gran consejera, fue como una tía joven o una hermana mayor, mayor que mi hermana Ruth. Fue una mujer muy sensible, muy sensata, muy protectora, muy prudente. Cuando yo vi a la Reina Sofía en España, la beatitud de su sonrisa,  me acordé mucho de Elizabeth porque ella tenía las maneras de una reina silvestre en su jardín de Los Rosales. Yo no sé cómo ni dónde ella, que creo que no terminó la primaria pero sí fue a unos cursos de filosofía, pudo adquirir esa sabiduría en la vida, esa diplomacia admirable. Nunca hubo quejas ni pequeñeces con ella, y lo digo porque es verdad. Ida también fue una mujer muy discreta pero Ida era más tormentosa, sus estados de ánimo.

-  ¿Cuándo conoció a Ida?
-   En mi infancia, yo era una niña de 11 o 10 años y fui con mis padres a la Unión Israelita askenazí a un agasajo a León Felipe, el poeta español. Yo no entendía nada, porque él decía sus poemas y yo veía que todo el mundo lloraba, como diciendo que era un mismo exilio y que él también, por llamarse León Felipe, también venía  del exilio judío. Allí yo vi hombres, que en el día eran duros negociantes, con lágrimas. Y cuando terminó el acto, que era en una casa, veo a Ida Gramcko en el comedor, la reconocí del periódico y le pedí un autógrafo. Ella me lo dio pero encontré como una gran frialdad, como cierta soberbia… no hubo ningún acercamiento hacia esa muchachita que la admiraba.

-   ¿Y después?
-   Después me la encontré en mi adolescencia cuando ella llegó de la Unión Soviética, en donde había sido encargado de negocios en la embajada siendo muy joven, era su momento de brillo, los 40 y 50 fueron su momento de más brillo, lo que pasa que le tocó durante una dictadura militar. Yo iba al Venezolano-Francés, muchas veces con Román Chalbaud y a veces sola porque me quedaba cerca de mi casa… bueno, no tan cerca, porque yo vivía en la zona alta de San Bernardino. Pero bueno, era una adolescente y tomaba un autobús  y caminaba hasta Los Caobos y Caracas era una ciudad segura, era una ciudad más pequeña, y encontraba allí a Ida. Y ahí comencé un diálogo con ella, le dije que yo guardaba sus artículos y ella me dijo que era una cursilería, o algo así. Pero después se fue creando una especie de amistad no pactada, y cuando ella publica Poemas, que es su gran y famoso libro, yo me la encuentro un día en un autobús en San Bernardino, porque ella vivía en la parte de abajo, entonces me ofreció su libro. Lamentablemente yo tontamente le dije que me lo había regalado una amiga y ella quedó fascinada porque yo estaba encantada con su libro.

“La muerte soporta todas las indiscreciones, todos los detalles. Es la forma que tiene de añorar, de nuevo, la vida."
La envidia o la añoranza de los mesoneros, Elisa Lerner, 1974


- ¿Por qué dice que Elizabeth Schön fue su influencia teatral?
-   Porque ella escribe La Gruta venidera, que fue un libro que me gustó muchísimo y después escribe Intervalo, que es una pieza de teatro y ella me leyó trozos y yo creo que eso… claro, también leía a Beckett. También me influenció que yo no sabía que cuando escribí La Bella de Inteligencia había escrito una pieza de teatro. Yo me acababa de graduar de abogado, nunca tuve una gran vocación, pero pensé  que si estudiaba Letras… la escuela de Letras no tenía el prestigio que tenía la escuela de Derecho cuando yo comencé a estudiar. Y yo sentía que lo mío no era la docencia sino la escritura, no me equivoqué, no me gusta la docencia. Yo sé que a veces cuando hablo me pueden suceder cosas que sólo me suceden cuando escribo,   pero también me puede suceder que cuando hablo puedo caer en el error de que estoy escribiendo, me puedo estar como traicionando.

- ¿Pudo vivir de la literatura?
-  Nadie vive de la literatura, al menos en un país como Venezuela es muy difícil. Pero sí puedo decir que en un momento dado mis piezas de teatro, sobre todo Vida con Mamá, que tuvo bastante éxito, me produjeron algún dinero,  y  mis artículos me los pagaban. Pero claro, yo tengo que reconocer que soy una escritora de la periferia, que me ha tocado ser una escritora de estas tierras.

- ¿Y en estas tierras cómo hacía para vivir y poder seguir escribiendo?
-   Bueno, mira, hice muchas cosas, mi primer trabajo fue en una revista pero me pagaban muy poco entonces mi madre se fastidió mucho y no quiso que yo siguiera, mi hermana se disgustó porque había dejado pero no seguí. Después hice un trabajo ad honorem en la Casa de Observación que dirigía la Dra. Renée Hartman, eso me sirvió mucho porque pude irme a Estados Unidos con una beca muy modesta. Escribía también para Radio Nacional, aunque ese  me lo quitaron al año de haberme ido, y la mitad de lo que ganaba se lo daba a mi mamá que había quedado viuda. Trabajé en el Ministerio de Relaciones Exteriores y en Madrid fui consejera de cultura. En mi vida a veces tuve más suerte, a veces menos suerte, pero siempre tuve que trabajar.

- ¿Le resultó fácil que le montaran sus obras de teatro?
-  Fue muy fácil que montaran mi primera pieza y la montaron muchas veces, lo que fue difícil fue que montaran El vasto silencio de Manhattan,  es una obra que nadie quería montar en Venezuela, que le gustaba a los argentinos pero a los venezolanos no, decían que había muchos personajes. Me acuerdo que Cipe Lincovsky le habló muchísimo a Carlos Giménez para que montara la pieza con ella pero Carlos era un hombre un poco complicado, tenía muchos compromisos y él parece que quedó hechizado con la obra pero por fin no la montó, pero sí supervisó un montaje de Vida con Mamá que yo no vi porque vivía en España. Finalmente después de muchos años la pieza la montó Gustavo Tambascio, con el que tengo una amistad preciosa porque después se fue para España cuando yo estaba allá, y con su hermana también, que ya murió lamentablemente, fue una gran amiga.


“Como dijo José Balza, la madre y la hija de Vida con Mamá soy yo.”

"Hija:
Asistí a una fiesta donde tocaba Billo´s Happy Boys.
La gente engullía mucha ensalada rusa.
Madre:
Por un exclusivo afán de conocimiento.
Stalin, el marxismo.
(…)
Madre:
Acaso venga un refugiado político.
(Se escucha un entrecortado tiroteo).
Hija:
Oigo disparos. Otra vez, la policía de esta ciudad.
Madre:
Es la verja del edificio. Al abrirse, suena como un disparo.
¡El refugiado debería ya estar aquí!
Hija:
Continúan los disparos. De noche, en las calles,
hay más policías que prostitutas. Pronto los tipos que se acostaban
con las putas, tendrán que hacerlo con policías.
(…)
Madre:
Esos carteros fueron como honestos críticos literarios:
comentaban las cartas que traían, como si las hubiesen leído. ”

Vida con Mamá, Elisa Lerner,  1975



-     ¿Vio Vida con Mamá su mamá?
-      La vio, sí,  estaba encantada.  Mi mamá fue tan feliz durante los montajes de mis piezas que hubo en ella un gran cambio, una gran cercanía, aunque ella me compraba la revista Billiken en mi infancia,  pero hubo una afectuosidad enorme a partir de que mi madre vio los montajes que hicieron de mis obras.

-  Alguna gente piensa que Vida con Mamá es su vida.
-  Para nada. Tú sabes que una pieza o un libro pueden producir admiración pero también cierta forma de admiración anómala que es la comidilla y la envidia. Si fuera mi vida yo no hubiera podido irme a España, no hubiera podido seguir escribiendo, no podría vivir sola en un apartamento, no podría luchar sola contra un problema de salud terrible que es mi lucha contra la ceguera, que me viene desde muy joven. Pero en realidad ese no es mi problema, mi problema hubiera sido casarme con un señor venezolano  y que yo tuviera que salir a trabajar como una loca y no poder seguir escribiendo. Y tuve la suerte que desde el liceo me encontré con gente muy gentil, con poetas, que me dijeron, incluso mi profesor el Dr. Caldera, que yo era una escritora. El Dr. Velásquez también. Siempre. Yo quería trabajar para la cultura. En los años que estuve en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en  Caracas, trabajé con Eugenio Montejo,  nuestro insigne poeta,  en una revista que iba al exterior y también lo hice en Radio Nacional. Y yo no hubiera podido escribir si me hubiera casado. ¿Tú sabes lo que hubiera sido terrible para mí? Ocuparme de tener dos o tres hijos, de dar clases o de ser abogada en un ministerio o en un bufete para el cual yo no tenía especial talento ni vocación y además ir a por lo menos tres Bar Mitzvah semanales y una boda los sábados, ¿cuándo iba a pensar, cuándo iba a escribir?

-  ¿A su madre y a su  padre no les preocupaba que usted no quisiera casarse?
-  Mira, te diré que  finalmente a mi mamá no le preocupó, finalmente mi mamá entendió que lo mío era la escritura y que yo era muy particular.  Si yo hubiera conseguido un hombre que me apoyara como escritora, como Virginia Woolf que tuvo un marido que hasta le aceptaba sus supuestas aventuras lesbianas, aunque ese no es mi caso, porque no soy lesbiana, hubiera sido estupendo. Siempre me han gustado los hombres pero no hasta el sacrificio de mi escritura, no como una pasión malsana.

- ¿Usted es religiosa?
- En mí está muy presente la herencia judía pero esta se expresa a través de mi escritura. Yo no soy de mucho hablar.


“Escribir es a veces como un navío que se nos escapa… 
Una victoriosa botella de vino que estalla en pedazos y que no mancha manteles sino algo más arduo e intenso con lo cual nacimos.” 

El país odontológico, Elisa Lerner, 1966
- ¿Está escribiendo ahora?
- Sí, estoy escribiendo algo.

- ¿En qué  genero?
- No sé cuál es el género, tú sabes que ahora los géneros… (Duda si contarlo o no). Es prosa.

- ¿Cuándo lo podrá mostrar al público?
- No, no sé porque no sé cuando lo voy a terminar porque el año pasado estuve muy mal de salud y este año… ojalá lo pueda terminar. Tengo varios años en eso y me doy cuenta que había fallado mucho, que estos años no lograba como la tersura, tú sabes, como si tú te pusieras unas cremas en el cutis y ese no es el tratamiento adecuado.

- ¿Escribe todos los días o cuando se siente inspirada?
- No, escribo cuando la vida me lo permite, porque tengo muchas cosas que a veces que me lo impiden.

- ¿Le cambió la vida ganar el Premio Nacional de Literatura?
-   No, para nada.

- ¿No se le abrieron puertas para publicar más, para que le montaran más obras de teatro?
-   No, no creo. Pero Blanca Pantin  reeditó Carriel por tercera vez, y prácticamente escribí un nuevo libro desde su primera edición que tuvo un prólogo muy lindo de Ramón J. Velásquez. Monte Ávila, que dirigía Alexis Márquez, me publicó un libro de crónicas y después publiqué un pequeño libro con los relatos que escribí en Madrid,  Homenaje a la Estrella y  la novela De muerte lenta, que la terminé en el 2005 pero salió a comienzos del 2007. Pero no creo que nada de esto tenga que ver con haber ganado el premio.

- ¿Con qué genero se siente más identificada?
-  Mira, te voy a decir lo que dice de mí Carmen Ruiz Barrionuevo, que es la directora de la cátedra Ramos Sucre de la Universidad de Salamanca, una mujer sumamente humana y muy sabia, entrañable, ella escribió un ensayo y dice que en mí hay un plural asedio a la literatura que desborda los géneros. La gente no sabe que yo a los 16 años escribí varios poemas en prosa, no muchos, unos tres y uno salió en El Heraldo, que era un periódico con mucho prestigio en ese momento. Entre los 16 y los 23 años escribí un libro de relatos pero en el camino se perdió. Y comencé a escribir crónicas y teatro y tenía una novela que se desarrollaba en Nueva York. Cuando conocí a Emir Rodríguez Monegal él se interesó en la novela,  yo le leí unos capítulos y me dijo que ahí había una novela estupenda. Pero cometí el error de leérsela a otra persona, porque era como un elogio desmesurado ese comentario viniendo de Rodríguez Monegal para una joven venezolana, y la respuesta no fue buena, entonces me desanimé, no seguí el libro y eso me apartó de la narrativa.  Después, quizá por la muerte de mi mamá, la enfermedad, los cambios en el país, me fui  hacia la narrativa. He publicado un libro de relatos breves y una novela. Hace poco publiqué una crónica de un recuerdo de juventud, de cuando conocí a Ruiz Pineda por casualidad en casa de mi hermana, que era un líder, un hombre muy sacrificado por la dictadura de Pérez Jiménez, un tesoro de nobleza, y esa crónica tuvo un gran impacto. Pero ahorita estoy escribiendo este libro  que se podría decir que es una novela, un relato, una simulación de memoria, no sé lo que es.

- Y no quiere adelantar nada.
- Es que no puedo adelantar nada porque no sé si lo termine, veo que  lo anterior no fluía como  yo quería, en fin, tengo mucha inseguridad. Y tú sabes que los adelantos…

- Siempre son malos.
- Bueno, me fue mal con mi primera novela que quedó trunca.

- Usted fue detenida durante la dictadura de Pérez Jiménez.
- Sí, pero eso fue una cosa como accidental, realmente la que fue una gran luchadora contra la dictadura fue mi hermana Ruth y mi cuñado, que murió en diciembre. Pero lo mío fue un accidente: yo había recibido unas cartas que eran muy graves para el régimen, porque un amigo nuestro, desesperado en su lucha contra Pérez Jiménez, no midió que mi casa estaba muy  vigilada. El Dr. Ramón J. Velásquez siempre me dijo: usted de opiniones pero no se complique porque su mamá no está bien y papá estaba enfermo, murió al poco tiempo, y Ruth estaba afuera. Pero sin darme cuenta me compliqué, esas cosas como de locuras de la juventud, pero fue una experiencia tremenda.

- ¿La encarcelaron?
-  ¡No, no! Estrada… yo no sé cómo le hable a Estrada con mucha soltura.

-  ¡¿Pedro Estrada fue el que la interrogó?! (El temido y sanguinario jefe de la Seguridad Nacional)
- Sí y cuando yo vi que el interrogatorio era con Estrada me dije: aquí no me va a pasar nada.

- ¿Por qué?
-  No sé por qué tuve esa intuición. Yo sabía que la casa estaba vigilada hacía tiempo, sentía que algo pasaba con el teléfono, que me seguían unos tipos, fue terrible, terrible, y la noche anterior no pude dormir, fue algo terrible. Y Estrada me dijo: cómo una muchacha bonita, de una familia judía, se  junta con esa gente, los adecos, unos ladrones, no la quieren, cómo va a estar en esto. Y yo tenía un libro de un amigo mío, del grupo de la revista Sardio donde yo comencé a escribir, Adriano González León, que se llamaba Las Hogueras más altas y con ese nombre y con la carátula que era  un poco naranja se podía pensar que era un libro comunista. Y entonces él me dijo: ¿Qué opina usted de Adriano el escritor? Y yo le dije: y bueno, quién va a hablar sobre  las autopistas y yo pienso ser escritora, ¿qué le parece señor Estrada? Y así se mantuvo el diálogo.

- ¿Y la soltaron?
- Me soltaron.

- ¿Y nunca más la molestaron?
-   Por teléfono me fastidiaban mucho, en la noche sobre todo. Pero afortunadamente me detuvieron en julio  del 57 y ellos cayeron en enero del 58.

-  ¿Quedó aterrada después de eso?
-  Quedé aterrada, sí, por un tiempo nada más, me encerré un poco, no presenté todas las materias ese año. Y yo había recibido  esas cartas porque era difícil decir que no porque la situación del país era difícil y porque tú en la juventud no mides, no haces cálculos porque crees que tienes todo el tiempo a tu favor.
-  Ahora cuando mira a este régimen, ¿hace cálculos?
- Es que me ha tocado de otra forma.
- ¿Cómo se siente con esta realidad?
- De esta realidad lo que más me ha tocado es la enfermedad de mi hermana.
- ¿Y la situación política?
-  Mira… es poco lo que te puedo decir.  Cuando me dieron el Premio Nacional, tengo el orgullo, eso sí, de que dos de los jurados fueron  Eugenio Montejo, uno de nuestros grandes poetas, y Salvador Garmendia, uno de nuestros grandes prosistas, que murieron poco tiempo después, entonces es un premio nacional muy grande para mí. Pero mira, sobre esto…yo prefiero que la gente lea lo que yo escribo.

“¡Extraño día que me despoja de los puentes de la ciudad mientras los 
árboles de primavera, todavía, no despiertan el cielo!” 
El vasto silencio de Manhattan, Elisa Lerner, 1963-64

Caracas 13 de mayo 2012
Todos los textos extraídos del libro: 

jueves, 12 de abril de 2012

CARLOS GIMÉNEZ... EL SER TEATRO Y EL HACER TEATRO.


Carlos Giménez.
1946-1993.

Hace poco se realizo el Festival Internacional de Teatro de Caracas (del 29 de marzo al 8 de abril del 2012), y comentando sobre la labor del Ateneo de Caracas y el esfuerzo que se ha hecho por mantener la tradición teatral que nos dejo Carlos Giménez, una de las personas - muy joven por cierto- que estaba en la conversación pregunto inocentemente ¿quién es Carlos Giménez? Todos nos quedamos mirando a la chica que pronuncio aquellas palabras como con ganas de fulminarla en ese mismo instante, inmediatamente ella se dio cuenta de su error y pidió disculpas, pero entre risas de indignación y asombro le explicamos quién era Carlos… Carlos Giménez el del “Rajatabla”, el Carlos Giménez fundador del Festival Internacional de Caracas, Carlos Giménez el de los grandes montajes teatrales… y tantas otras cosas buenas… Sólo puedo repetir lo ya dicho, lo ya escrito, lo ya hablado. No obstante desde aquí les dejo una pequeña reseña de ese hombre de Teatro y Gerente Cultural que puso a Venezuela en la vanguardia de la escena mundial y que con su personal estética cautivo a todos los públicos donde se presentaba su trabajo, y porque no podemos olvidar a Carlos y la construcción de su sueño: Una Venezuela Mejor… Un Mundo Mejor.

Carlos Giménez nace en Rosario, Argentina en 1946, aunque su infancia la pasa en Córdoba, desde muy temprana edad se inclina por la escena e inicia su periplo teatral en el Seminario del Arte Dramático de Córdoba, recién graduado no se puede permitir esperar, tiene demasiadas ideas en su cabeza y decide formar su propio grupo teatral. Se marcha a Europa, Carlos sabía que necesitaba ver mundo, rodearse de los grandes para aprender y dar cuerpo a sus ideas y pensamientos, así en la vieja Europa se codea y vincula con grandes grupos teatrales, en España se vincula con la cátedra Tirso de Molina de Madrid y en Italia  a la Universidad de Nápoles y al trabajo de Giorgio Strehler, sin embargo, Carlos no copia, los asimila y los digiere y de ese proceso de alimentar el alma y la mente encuentra su estética, su forma de ser teatro, especialmente de Strehler toma la forma de gerenciar el Teatro como institución.

El joven cordobés regresa a su terruño lleno de nuevos conceptos y propuestas, pleno de esperanzas, e irrumpe la escena cordobesa mostrando su poético mundo, poblado de vanguardia, rebeldía pero sobre todo con una gran mística al trabajo y al querer hacer bien las cosas. Rápidamente con solo tres montajes, “La Querida Familia”  de textos de Ionesco, “Picnic en el campo de batalla” de Fernando Arrabal y “Los Amores de Don Perlimplin y Belisa en su jardín” de Federico García Lorca, Giménez se hace notar fuertemente no solo en su ciudad, sus ecos llegan hasta Buenos Aires, donde la forma de hacer teatro seguía los lineamientos clásicos.

En el 65 y con apenas 19 años con su grupo teatral “El Juglar” se presenta en el Primer Festival de Teatro de Nancy, Francia. Luego viajan a Polonia donde el grupo comparte la Mención de Honor con Alemania Oriental en Varsovia y obtiene el Primer Premio en Cracovia. Más tarde, con el mismo grupo que había ido a Europa, tras escribir títulos como “El día que llovió para siempre” (la primera vez que haría llover sobre la escena), “Encuentro para una sola voz” (con la primera actriz Norma Aleandro), entre otras.

Pero a pesar de sus premios y reconocimientos internacionales, Buenos Aires sigue indiferente, actitud que no hace mella en el espíritu de Carlos, en Córdoba crea el Primer Festival Nacional de Teatro.  Carlos Giménez junto con otros directores forma la vanguardia teatral argentina y todo desde la provincia de Córdoba:

“Si consideramos desde el llamado teatro de los 60 y 70, aun cuando la periodización por décadas resulte arbitraria, hasta el Golpe Militar del 76, encontramos un período  de  gran  efervescencia  dominada  por  la visión  de  respetados adalides: Juan  Aznar  Campos, Jorge Magmar, Domingo Lo Giudice, el adolescente prodigio Carlos Giménez y otros, lo que dio lugar a la aparición de importantes puestas cuyos directores adquieren  gran  nombradía”…[1]

En 1967, aunque parece no creíble, Carlos es excluido del Festival de Teatro de Córdoba, ese mismo que él creó, pero la represión política de su país no acepta las nuevas formas y maneras de hacer cultura, el ideal rebelde del joven Carlos hace sangrar a los retrogradas que ven en él a un enemigo de la escena, pero principalmente a un enemigo político, las ideas de Carlos eran más parecidas al pensamiento juvenil revolucionario que un año después se abrirían paso en Francia y en toda Europa, y dos años más tarde en la propia Córdoba y su histórico “Cordobazo”, pero ya Carlos estaba en otras tierras.

Don Mendo.
Pero antes de su partida y casi por arte de magia con sólo veinte días de ensayo pone en escena una “Fuenteovejuna” poderosa y subversiva que no pasa inadvertida por los dirigentes culturales reaccionarios y los “milicos”.  Carlos tiene que partir como partieron muchos grandes intelectuales argentinos. Carlos empieza un viaje por tierra desde Córdoba hacia el norte, recorriendo infinidades de pueblos indígenas y ciudades latinoamericanas, ocho meses donde recorre Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia, en el noveno mes llega a Venezuela, un país pujante y rico, lleno de petróleo y los dólares que ello significaba, un país que recibía con los brazos abiertos a todos aquellos que como Carlos querían echar raíces y emprender nuevas aventuras e ideales: El Ateneo de Caracas en mano de María Teresa Castillo le abraza y le da las herramientas para que explote su genio, su increíble talento, y desde la tierra de Bolívar proyecta su arte hacia toda Latinoamérica y el mundo. 

“Casi todos los grandes directores mencionados empiezan a buscar prolongar sus carreras en el extranjero, sino lo habían hecho ya, en una mezcla de desengaño profesional y semi-exilio como lo había hecho Giménez, luego de su exitosa pero subversiva puesta de Fuenteovejuna, armada en sólo veinte días con la Comedia Cordobesa, cuando es golpeado en la Central de Policía y su suerte queda cifrada con implacable  matemática: debía  marcharse. Luego  los petrodólares venezolanos dan pista a la luminosa inteligencia de este gerente-artista excepcional, como pocas veces podrá verse otra vez por  estos lares y que  producirá  en  la  consecución  de  su  camino, una  revolución  en  el  teatro venezolano, apoyado inestimablemente desde el Ateneo de Caracas por esa Victoria Ocampo de aquel fuera María Teresa Castillo, esposa del escritor Miguel Otero Silva, una pareja relacionada con los intelectuales y artistas progresistas de  todo  el  sub-continente. Aún  a  la  distancia, Giménez, el Rimbaud latinoamericano, seguirá proyectando su influjo hacia nuestro teatro.”[2]

“Rebelde” e “izquierdista” llega Carlos a Caracas, no podía ser de otra manera, en aquel entonces la juventud y los sueños juveniles venían cargados de cambios, con las ganas de liar los bártulos del mundo, como esa rebelión juvenil que nació con Thoreau y los Whitman en el siglo XIX; de esa revolución de muchachos “Bohemios” y los “Anti-Babbitt”[3]  que lucharon contra el conformismo, la impericia y la incapacidad de los años 20; de los revoltosos de la Generación Beat[4] de los 50 con Jack Kerouac y Allen Ginsberg; de las revoluciones y rebeliones juveniles de los sesenta que se dieron en todo el mundo y que tuvieron su mayor representación en Paris, en Columbia, Berkeley y San Francisco[5]; pero Carlos era eso y más, en su cabeza rondaban ideas y sueños inimaginables, imposibles de realizar, no obstante el pudo.

Esos sueños fueron recibidos con los brazos abiertos en Caracas, inteligentemente María Teresa Castillo y el Ateneo de Caracas vieron en el joven Carlos la manera y la forma de que Venezuela entrara a la vanguardia mundial, el curriculum de Carlos y su fama bien merecida así lo anunciaba. Carlos Giménez fue invitado a dar un curso de formación teatral de dos meses y en ese ínterin  Horacio Peterson le convida a dirigir “Cementerio de automóviles” de Arrabal, pero Carlos en un acto de “buena rebeldía” decide montar “La Orgía” de Enrique Buenaventura. “La Orgia” como su nombre lo indica, causo un revuelo en Caracas, los jóvenes ávidos de nuevos lenguajes artísticos colmaron la sala, se corría la voz en Caracas de un nuevo montaje jamás visto, una nueva forma de ser teatro y hacer teatro, no obstante los círculos conservadores y de poder de la capital pegaron “el grito al cielo y a todos los santos” y la obra fue suspendida - a pesar de su éxito con sólo una semana en cartelera - debido a las amenazas que recibieron  el ateneo de Caracas y el montaje por el gobierno de Rafael Caldera, tal como lo indica la siguiente cita:

… “la cual fue suspendida ante la amenaza del nuevo Gobierno Nacional del doctor Rafael Caldera y de otros sectores muy influyentes para aquel entonces en el país: ‘En los días que corren el Teatro del Ateneo de Caracas está siendo escenario del más bochornoso espectáculo de pornografía que hubiera podido concebirse’, rezaba un aviso de la Asociación Católica publicado en los diarios capitalinos.”[6]

“La orgía” se convirtió de inmediato en un clásico de Giménez, mostrando con violencia visual y lenguaje “esperpéntico” los problemas políticos que en ese entonces tocaban muy de cerca al público que fue a verla, deliberadamente escandalizándolo, no obstante Carlos se ganaba el público venezolano, a los jóvenes y a esa élite caraqueña que deseaba ver Teatro nuevo y del bueno. “La Orgia” en su montaje era una obra simbolista que denunciaba a todos los niveles la corrupción imperante, como lo afirma Gloria Pazos en su artículo “Rajatabla, presencia y significación”:

“La puesta en escena de La orgía está cargada de símbolos y denuncias a nivel social, político y religioso. Es una denuncia a la corrupción en América Latina y es también un poco el tema en boga en el teatro latinoamericano que comienza a perfilarse en el mundo como un teatro político muy particular.”[7]

Luego de la suspensión de La orgía, “Carlitos”, como le decían sus amigos y allegados, vuelve a Córdoba hasta que el Ateneo de Caracas, en la voz del director del diario El Nacional y escritor Miguel Otero Silva lo invita a dirigir una versión de “Don Mendo”, volviendo a Caracas esta vez para siempre. En 1971, Carlos Giménez dirigió Don Mendo, obteniendo un éxito rotundo y la obra dura varios meses en cartelera. “Don Mendo” fue un éxito, pero especialmente en el público elitista de Caracas y los conservadores; pero ese no era el propósito de Carlos, él se había hecho la idea del teatro como espectáculo público y no exclusivo, diferente de lo que veía en el público que atendió a su obra en Caracas, por lo tanto su nueva obra fue concebida a un público más amplio, y  lleva a escena un poemario del estudiante brasileño, Antonio Miranda, “Tu país está feliz”, musicalizado por Xulio Formoso, utilizando como actores adolescentes del liceo Gustavo Herrera, compañeros de Formoso, muchachos de cabellos largos, hippies, con sus jeanes  rotos, irreverentes en el caminar y en sus miradas, muchachos que como él deseaban un cambio, pero que además nunca habían pisado un escenario teatral. Nace así entre los artistas de siempre de Carlos Giménez y el grupo juvenil de estudiantes del Gustavo Herrera y otros tantos jóvenes entusiasta que Carlos forma el “Rajatabla”.

Tu país está feliz.
“Tu país está feliz” se estrenó el 28 de febrero, pero en la proximidad del estreno, Carlos les exigió a sus actores que apareciesen desnudos en escena, justificando el texto, creando una crisis en el grupo, no obstante los noveles actores acataron la orden.  En el estreno estuvieron presentes los padres y hermanos, los vecinos, las novias, los novios y los profesores del Liceo Gustavo Herrera, además de toda la gente que quería ver la nueva obra del “L’enfant terrible” del Ateneo de Caracas.  La obra fue un rotundo éxito, Caracas se volcó al teatro y llegó público de todas partes de la nación para ver “Tu país está feliz”, inclusive la obra llegó a otras latitudes obteniendo grandes éxitos y reconocimiento por parte de la crítica especializada:

“Y Carlos exigía desnudos completos, de frente, sin encogimientos, con luces, durante varios minutos. El estreno fue un éxito, de público y de crítica. Permaneció meses y meses en cartelera, viajó por los teatros del interior y países de la región, llegando a ser vencedor del festival de Puerto Rico.”[8]

Pero la obra resulto ser un categórico éxito, no sólo por los desnudos,  “Tu país está feliz” fue todo un suceso porque reflejaba a través de un lenguaje distinto a la Venezuela saudita y derrochadora de aquel entonces, que se veía feliz y en gran progreso, aunque interiormente se convertía en un basurero por la descomposición social. El mismo Carlos Giménez diría de la obra:

“La poesía de Antonio Miranda inmensamente rica en la lectura, se agiganta y crece al ser ‘dicha’ y cantada.  Y es que aparentemente el poemario es el encuentro del poeta con sus fantasmas de siempre: la soledad, los amigos que se fueron, la miseria como inseparable compañera, etc.  Pero ‘TU PAIS ESTA FELIZ’ es por sobre todas las cosas un violento y maravilloso grito de rebeldía, de sangre joven y útil, dispuesta a la lucha, a la batalla diaria y consecutiva por seguir creyendo cada día en el día que viene.  Es comprensible (justo) entonces que este grito se haga canto y sumen a él las voces de jóvenes que sienten al teatro y al arte como ‘un acto de amor’.”
“Intentamos con el montaje de TU PAIS ESTA FELIZ afianzarnos en la fuerza del lenguaje; surgir de la palabra hacia la emoción y la fantasía.  Por ello la puesta en escena es simple y modesta: porque sólo pretende ser la humilde compañera de una poesía vigorosa.”
“Grata oportunidad ésta, de habitar un escenario a través de la poesía.  De una poesía que es ‘amor comprometido, traducido en exigencias y duras penas, verbo metálico blandido, clamando al despertar de tu conciencia’.  Poesía en búsqueda de la perfección, nutrida por la miseria, perseguidora de esperanzas, tiene su mayor mérito en cuestionarse por sí sola y en salvarse por sí misma.”[9]

Rajatabla se convirtió desde el primer día de su aparición en un foco de actividad escénica y teatral insurgente, rebelde, contestatario y provocador que perturbo y trastorno el vetusto y reaccionario mundo teatral venezolano, Carlos Giménez y su Rajatabla originaron dos bandos, primeramente el que los amaba y los seguía a todos lados, y el segundo, aquellos que lo malversaban, lo odiaban, pero aún así no se perdían un estreno de la agrupación, era inevitable, a Carlos y a su agrupación había que verlos, ya se nos era necesario.  Pero quizás el aporte más importante de Giménez en aquel entonces fue que trajo al escenario y a sus butacas un público joven, Carlos hizo a la juventud venezolana los protagonistas de sus obras y al mismo tiempo en sus más fanáticos espectadores. Por otra parte, el teatro nacional estaba lleno de “fantasmas”, de un pasado reaccionario, retrograda y apostólico, Carlos convirtió las tablas en un vehículo que promulgaba un cambio, que amparaba y defendía los ideales juveniles de aquel entonces:

“Resulta mucho más justo decir que el más esencial aporte de Rajatabla, liderizada por Jiménez, a la cultura escénica venezolana de la época, fue el de llevar a la juventud al protagonismo del hecho teatral, al mismo tiempo que encaminaba ese teatro hacia una posición inequívocamente contestataria, respaldando una acción política en la cual estaba involucrada la porción más pura de la gente de este país…de esa generación creyente –casi con la fe del carbonero– en una revolución venezolana puesta “a la vuelta de la esquina”, podrá decirse cualquier cosa, menos que se involucró en ese proyecto animada por motivos bastardos”[10]

Carlos monta otra obra, “Venezuela tuya” en 1971, basado en textos del escritor Luis Britto García y sería a la par de “Tu país está feliz” en una crítica a la sociedad venezolana. Así seguirían muchas obras, y con Rajatabla, Carlos Giménez lograría acaparar el interés de la juventud venezolana en el teatro y en los años sucesivos montaría con gran éxito diferentes obras, convirtiéndose en la primera compañía teatral del país. En 1974 monta “Fiebre” de Miguel Otero Silva. En 1976, el grupo Rajatabla se había profesionalizado y tenía su propia sala. En el 76 “Divinas palabras” de Valle Inclán es montada por Carlos y su agrupación, y “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias, es estrenada el 3 de marzo de 1977.

“El señor presidente” es un éxito rotundo que alza a Giménez como uno de los mejores directores teatrales de todo el mundo; Carlos y Rajatabla son solicitados por los empresarios internacionales que desean que su arte se presente en los diferentes teatros internacionales. La agrupación es invitada para participar en el Festival de Teatro de las Naciones a celebrarse en Nancy. La gira se inicia en Rótterdam, le sigue Estocolmo y Roma. Al regresar a Venezuela Rajatabla ya se consideraba uno de los mejores grupos de teatro del mundo y a “El señor presidente” como un clásico del teatro latinoamericano.

Martí. La palabra.
En 1978 monta “El Candidato” y el año siguiente “La muerte de García Lorca”. En 1982 crea “Martí, la palabra” en un montaje intimista y  nostálgico, ese mismo año estrenó, “Bolívar”, junto a Juan Carlos Núñez basada en una pieza de José Antonio Rial con treinta actores en escena en Maracaibo. Con “Bolívar” recorre por seis meses el mundo por festivales internacionales.

En 1985 Rajatabla y Carlos realizan “La honesta persona de Sheshuang” y “La vida es sueño” en 1986. “Macbeth” en 1984, “Historia de un Caballo” en 1986, “Casas Muertas” en 1987, “La Celestina” en 1988, “El Coronel no tiene quien le escriba” en 1989 y “Peer Gynt” en 1991. Desde sus  inicios hasta 1991 quizás el propósito primario de Carlós es hacer un teatro de denuncia, de crítica al stableshiment, el gran tema es el poder y como este ha existido y ejercido su opresión en los diferentes períodos históricos.

Carlos Giménez abordó con libertad una gran cantidad de obras, que sin importar el tiempo o autores, teniendo como única intención  reflejar poéticamente la realidad, el mismo Carlos decía:

"que el principio básico es que el teatro debe intentar interpretar y poetizar la vida, no copiarla. Poetizar la vida desde el escenario quiere decir extractar los temas que son importantes para el hombre y hacerlos ver desde una perspectiva del arte”… “Nosotros intentamos interpretar la vida y sobre todo trabajar con ciertos signos que determinan la permanente traslación de la geografía teatral sobre el escenario”… “Sentimos también una necesidad imperiosa de relacionar, de manera cruel si se quiere, el tiempo y el espacio, porque el espacio es para nosotros una geografía definida”… “En cambio, el tiempo es una mentira, una ficción; este momento que vivimos ya pasó, nosotros somos el pasado de los que van a nacer mañana”…[11]

Pero Carlos Giménez le interesó mucho más los problemas estéticos, los efectos y el gran espectáculo, no porque el contenido ético de las obras no sea más importante, sino que a través del lenguaje estético, los efectos y la espectacularidad pudo llevar y llegar mejor el mensaje de la obra. Para Carlos la creación dramática estuvo en conjunción a los intereses de la puesta en escena, es decir su teatro fue concebido para la forma y a través de ella llegar al público y entregarle el mensaje.

Esta desintegración se hizo más patente en la proporción actores-puesta en escena en la que se observo dos planos muy disímiles: la puesta en escena integrada al espacio seleccionado para el montaje y la actuación en un segundo plano. Y es que el elemento visual como lenguaje le permitió a Carlos Giménez que sus obras  fueran entendibles y comprensibles, a pesar de su simbolismo y su intelectualidad, por los diferentes sectores, el mensaje llegaba igual a un obrero que a un diplomático, a un estudiante de bachillerato que a un teólogo, además que sin importar el país que se presentara Carlos se hacía entender  aunque el público fuera chino, inglés o francés, u otro idioma diferente al castellano.

De igual manera para Carlos el público era parte del espectáculo teatral, le gustó integrar al espectador a sus obras y experimentar espacios escénicos en favor de una relación más inmediata entre público y el espectáculo. Ciertamente, al colocar el público en el mismo lugar que los actores, como ocurrió en “Señor Presidente” y “La muerte de García Lorca”, entre otras fue una manera de que los concurrentes fueran parte del escenario o del espectáculo teatral.

La Celestina.
En casi todos los montajes de Carlos, existe una relación física entre público y obra, su intención era que los espectadores captaran más rápido las diferentes expresiones de los actores; pero la preocupación de Carlos de incluir al público en el espectáculo no se limitaba a una relación espacial física; se valía de la luz, las texturas, el poder del color, y las imágenes visuales de choque con la objetivo de provocar y estimular una reacción inmediata al auditorio presente.

Todas las obras de Carlos estuvieron principalmente dirigidas a los sentidos usando la sobrevaloración de la imagen visual como su lenguaje principal; es esencialmente la forma como se hace uso de la imagen, donde radica la espectacularidad de sus montajes. De allí podemos recordar las imágenes del “Coronel no tiene quien le escriba” con su mágica lluvia, recuerdo que cuando la vi pensé que la lluvia en algún momento podía mojarme, y eso era parte de la esencia de las obras de Carlos, su poesía nos tocaba y nos hacia ser parte de ella.

Carlos Giménez vislumbró y entendió cabalmente que para llevar a la escena una obra no era necesario simplemente agrupar a los actores y que estos dijeran sus diálogos. “Carlitos” supo que la obra tenía que convertirse en poesía,  el texto deja de ser texto  para convertirse en metáfora, pero sin que por ello se vea obligado a renunciar las soluciones teatrales, propias del equilibrio en el ejercicio escénico. Carlos hizo Teatro Moderno en el mejor sentido. Conjugó espacio ficticio y múltiple, actores de primera y un juego escénico brillante que le permitieron ser un poeta constructor de sueños.

El Coronel no tiene quien le escriba. 
En Carlos todo era teatro, él era y será teatro, su vida fue ser y hacer teatro… hasta sus gatos Clorilene y Sada eran como actores teatrales… Carlos Giménez fue el creador del Festival internacional de Teatro de Caracas, del grupo Rajatabla, del Taller Nacional de Teatro, del Centro de Directores para el Nuevo Teatro y del Teatro Nacional Juvenil de Venezuela. Realizó más de 80 montajes, dirigió obras en Argentina, Estados Unidos, México, Perú, España, Rusia, Italia y Venezuela. Sus espectáculos participaron en los más prestigiados festivales internacionales de teatro del mundo. Montó textos de Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Veja, Valle-Inclán, Visen, Gabriel García Márquez, Fernando Arrabal,  García Lorca, Beckett, Brecha y Tolstoi entre otros.
1993 fue el año de su partida… o mejor dicho de su retiro.

La Tempestad.
Mañana 13 de Abril cumple años Carlos, de seguro estará en el cielo con su amada hermana Anita Giménez de Llanos (otro gran personaje del teatro y la producción teatral) elucubrando un nuevo montaje celestial, ¡Qué suerte tienen los ángeles  en poder disfrutar las ideas y los montajes de Carlos!

“Carlitos” no te podemos olvidar… jamás…
Carlos Giménez.

Por Félix Esteves

[1] Arce, Jorge Luis. El teatro en Córdoba antes del golpe militar del 76: algunas consideraciones sobre los 60, los 70 y los 80.
[2] Arce, Jorge Luis. Ibídem.
[8] Miranda, Antonio. Tu país está feliz. – 10 ed. En Español. -- Brasilia: Antonio Miranda, 2001.
[9] Ibídem.


LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...