Una pequeña presentación

Los Mínimos y Máximos de Félix Esteves es una casa, un hogar, construido con amor, esfuerzo, dedicación y hasta con aburrimiento. Tiene muchas puertas donde todos pueden entrar. Tiene muchas habitaciones, donde de seguro en algunas podrás sentirte cómodo, y en otras, tal vez contrariado y hasta… por qué no… molesto. Sin embargo su propósito no es agradar ni molestar, no es ganar amigos ni enemigos… de todas maneras ambos son bienvenidos; su fin es mostrar y demostrar lo variopinto de una mirada, la pluralidad de una cosmogonía a través de mi “micromundo”, de lo exterior visto y sentido desde mi interioridad… es un grito contra la discriminación, es un arrullo de amor a la diversidad, es mi tarjeta de presentación como ser humano, como hombre, como gay y miembro de la comunidad LGBT... tal vez es algo más… no lo sé… aún lo estoy averiguando.

Félix Esteves

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lunes, 16 de abril de 2012

LA CONDESA DE LAS PERLAS


Huyendo más del padre de su amante que del frío, la Condesa Anja Milenka Irina Dudarova Gorchakova, llegó a las cálidas tierras del Caribe. Apostada apenas sobre la isla de La Española llegaron a sus manos unas enormes perlas que la cautivaron desde el mismo instante que el opalino nácar de su brillo la encandilaron. Sólo basto un mandato de la hermosa rusa para que una caravana de galeras la llevaran a la Isla de Cubagua.

Aún vestida como en la vieja usanza del invierno ruso la condesa no dejaba sus pieles, el armiño, el mink, la Chinchilla, el zorro ártico,  no había animal de pelaje fino que no ostentara encima. El sol del Caribe no la convencía de quitarse sus exagerados atavíos, pues muy inteligentemente hacia traer helados y grandiosos iceberg para atemperar los castillos que mandaba a construir donde llegaba.

Los asombrados habitantes de la isla quedaron pasmado por las inmensas rocas de hielo que arrastraban las galeras, pero aún mayor fue su asombro cuando la mujer más bella de la blanca Rusia piso las arenas de aquellas tierras que más tarde la maldecirían. 

Mientras la mitad de la tripulación bajaba los grandes cargamentos, la otra mitad desmontaban tres de las galeras, las más grandes y con su madera y hierro construían una gigantesca mansión que sólo tenía ventanas al oeste, pues la condesa odiaba el nacimiento del sol, pero amaba su ocaso.

Después de solo un día y una noche de arduo trabajo, la condesa ordeno a sus vasallos comerciar con los lugareños para que le trajeran las perlas más grandes y hermosas que encontraran, pero los pobladores y lugareños eran pocos para la terrible ambición de la dama que enseguida mando a buscar negros de Borburata que estuvieran a su servicio.

Asi llegaron cientos de perlas a sus manos en un solo día, a penas en un mes de su estadía logro almacenar dos barriles de blancas perlas que consumo cuidado iba tejiendo cada hora, cada día. Pasaron dos años y la mujer convertida en una tirana obligaba a sumergir hasta niños en las profundas y azules aguas con la misma intención de su alocada psicosis perlífera. No se cansaba de tejer y tejer las perlas, y no se daba cuenta que poco a poco el peso de las albinas y níveas piedrecitas iban hundiendo la isla, y que además los cansados iceberg contribuían a que las aguas crecieran y comieran cada segundo más arena, más tierra. Pero lo que más deterioraba la estabilidad de la isla era que por cada perla tejida la condesa arrojaba una lágrima que al juntarse de las nacarinas y argentinas perlas tropicales se convertían en otra perla de igual valor.

El kilometraje de perlas tejidas alcanzaba una distancia desde la misma isla hasta el viejo palacio de Iván El Terrible, donde había sido asesinado por su propio padre el Zarevich Iván al este confesarle su deseo de reunirse con la condesa en lejanas tierras. Las noticias del despiadado parricidio voló a ella en la patita de una blanca paloma mensajera.  La condesa cayó en un estado catatónico y de sus ojos no pararon de brotar perlas. La isla no aguanto más peso, y en un santiamén las aguas la arroparon. El hundimiento sólo duro unos segundos porque las perlas que eran producto de su llanto se convirtieron en arena, sal, peces, corales y algas, y la isla de Cubagua subió de nuevo a la superficie. Pero la condesa quedó atrapada en el fondo  enredada con las verdaderas perlas extraídas de las  profundidades del mar que permanecían unidas e hicieron su propia cadena que la dejaron amarrada en el fondo del océano como la perla más codiciada de los nuevos pescadores. Aún todavía se sumergen en su búsqueda, pero quienes logran verla quedan atrapados junto con ella en el abismo abisal. 

Se dice que el espíritu de la condesa a veces vaga por la isla y los lugareños  presienten su llegada porque empieza la temporada de lluvia y el terrible frío, pero son sus lágrimas que ahora no se hacen perlas sino simple agua y a veces hasta llegan a convertirse en helado granizo. 

Por Félix Esteves

Modelo de la Foto: Amadora García Arias.

jueves, 23 de junio de 2011

EL VIEJO PELÍCANO.

El seco pasto baila al compas de la música del viento, el sol los colorea de naranjas y extraños malvas, la tarde cae, refresca el mar con su vaivén y en silencio la aves se disputan un lugar en las secas ramas de los cujíes, mientras las más suertudas se acurrucan en sus paupérrimos nidos entre los cactus y las dormidas rocas, otras se refugian en las ruinas de la Nueva Cádiz que otrora tiempo fue la primogénita de Venezuela y América del Sur, y que los incrédulos y equivocados peninsulares ibéricos creyeron que eran las Indias Occidentales.

Entre las piedras que fueron colocadas para una atalaya que elevara una sonora campana a la gloria de los reyes católicos y a la empresa colonizadora precedida por  ambicioso hombres que no tenían nada que perder, un viejo pelícano ve pasar sus últimas horas como el marinero ciego por la sal, y mira aciago y triste como los más jóvenes felices y con sus buches llenos siguen dibujándose en el cielo.

Recuerda los tiempos en que acompañado únicamente con sus ganas de vuelo remontaba el firmamento azul, profundo, y el mar quieto o tormentoso, azurro a veces, celeste y cristalino en otros. En sus acuosos ojos se refleja la caída del astro y así el sol se dejar dormir viéndose él en la melancólica ave que desde tan lejos lo observa y que sabe que al despertar ya no le vera, ni entre las rocas, ni entre las ruinas, ni cuando sus rayos peinen la blanca arena de la nueva mañana.

Y pensar que él ya estaba allí, antes que los invasores europeos, antes que los gigantes Guaqueríes,  y mucho antes que la misma tierra emergiera de los mares y formaran este paraíso agreste pero abundante de peces. El sobrevivió a la furia del mar, a las rabietas de los nubarrones, a los terremotos y los corsarios que no dejaron huellas humanas sino estas únicas ruinas que ahora pareciera ser su último descanso.

Poco a poco grises nubes bajan y se confunden con la bruma, la mar empieza una lucha con la otra mar que parece caer desde arriba, se confunden, parecen amantes que se aman y se odian y se vuelven amar, sólo era un preludio de bienvenida a la selenita de la noche que cubre con su manto el viejo pelícano, dulcemente el ave se deja caer del campanario y el agua de la lluvia lo guía a la orilla donde poco a poco se hunde en el azul marino, aplomado por la nocturnidad y sus monstruos.

¡Qué suerte tuvo el viejo pelícano que murió en la noche y que en el silencio puro pudo llegar al mar! La mañana se vistió de brillantes amarillos y terracota, blanca y pulcra arena que desde el cielo los jóvenes pelícanos, las ruidosas gaviotas  y hasta un extraviado albatros lo ven como si fuera de cristal. Se elevan y se zambullen en juego que no parece terminar. No conocen su destino, ni les parece preocupar, están allí, y vuelan y se dejan por el viento llevar… solo a la hora de sus muertes quieren dormirse arropados por las olas de la eterna mar.

El viejo pelicano aún vive en el azul del cielo y en el azul profundo del mar.

Por Félix Esteves
Pámpatar, 23 de Junio del 2011

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