Una pequeña presentación

Los Mínimos y Máximos de Félix Esteves es una casa, un hogar, construido con amor, esfuerzo, dedicación y hasta con aburrimiento. Tiene muchas puertas donde todos pueden entrar. Tiene muchas habitaciones, donde de seguro en algunas podrás sentirte cómodo, y en otras, tal vez contrariado y hasta… por qué no… molesto. Sin embargo su propósito no es agradar ni molestar, no es ganar amigos ni enemigos… de todas maneras ambos son bienvenidos; su fin es mostrar y demostrar lo variopinto de una mirada, la pluralidad de una cosmogonía a través de mi “micromundo”, de lo exterior visto y sentido desde mi interioridad… es un grito contra la discriminación, es un arrullo de amor a la diversidad, es mi tarjeta de presentación como ser humano, como hombre, como gay y miembro de la comunidad LGBT... tal vez es algo más… no lo sé… aún lo estoy averiguando.

Félix Esteves

Amigos de Los Mínimos y Máximos

martes, 10 de enero de 2012

ERIC RHEIN: La transmutación de lo humano... la mitificaciòn del hombre y la naturaleza.


Arthur-Portrait of a Faerie Man. 2010
Impresión de Gelatina de Plata y Objetos apropiados.

Eric Rhein es un artista norteamericano identificado con la naturaleza y de allí esa fuerte impresión  ecológica en toda su obra. En el arte de Rhein vemos como el hombre se conmuta con su medio natural y se transforma en ella, dándoles un carácter casi místico animista a sus personajes. Apasionado del desnudo masculino y de la vida animal y vegetal, Eric Rhein nos regala figuras híbridas donde no sabemos dónde comienza o termina el hombre, sí son animales transmutados a lo humano, o si es lo humano que vuelve a su esencia primordial y más primaria.

Rhein hace una comunión del hombre con los habitantes de los bosques, de esta manera lo humano y lo animal se conjugan para darnos una iconografía que va más allá de lo metafísico, nuevos dioses de alambres u otros objetos (joyas, piezas de bronce, hojas y ramas, entre otros materiales sobre dibujos, fotografías) que se apropia el artista para bautizar estos nuevos seres con cualidades mitológicas y mágicas.

Encountering Cernunnos. 2008
Alambre y Papel.

Communion. 2004
Alambre y Papel.

Sparky and nelson - Fire island. 2008
Alambre y Papel.
La escultura, construcciones y fotografía son exploradas y conectadas, originando delicadas imágenes de seres espirituales y místicos. El alambre, papel, monofilamento, y los objetos apropiados, tales como trozos de joyería, metales desechados, tapas de botellas, engranajes, y los cristales son a la vez por la ausencia y presencia, el material y el objetivo de su arte:  esculturas que van desde formas figurativas, biomorficas, y arquitectónica, hasta lo más abstracto.

La obra de este artista son metáforas del ciclo de lo humano, y su connotación y conexión divina con el entorno: el nacimiento, vida, muerte, regeneración, supervivencia… como el mismo Rhein explica "Lo que me importa es la interconexión, las relaciones de simpatía y sensualidad en común de todas las cosas en el mundo natural las imágenes de la naturaleza se utilizan como una metáfora de los ciclos de la experiencia humana:. Del nacimiento, vida, muerte y regeneración. "

Silver Horizon (Sel portarit). 2010
Impresión de Gelatina de Plata. 

East. 2010
Impresión en Gelatina de Plata y Objetos apropiados

West. 2010
Impresión en Gelatina de Plata y Objetos apropiados
En el arte de Rhein se funde la sexualidad y la belleza, y habla de la mortalidad y la trascendencia del hombre y su naturaleza animal frente a lo efímero de su permanencia en el mundo. El trabajo de Rhein es arte y artesanía, es delicado en su forma, pero fuerte en su expresión, es un arte que se debate entre religioso o mítico con la sensualidad o lo erótico. Un trabajo inquietante, que no nos es indiferente, por lo hermoso, exquisito y seductor.

Eric Rhein es conocido por su obra “Hojas” para el  AIDS Memorial. “Hojas”, concebido en 1996 para rendir homenaje a los amigos que han partido que murieron de complicaciones de SIDA, es una serie de hojas de alambre "retratos" que simbólicamente reflejan la esencia de cada individuo.

Jeffery - with leaf. 1993
Impresión de gelatina de Plata.

Self portrait in Hal's guest room - standing. 1994
Impresión en Gelatina de Plata.
Eric Rhein estudio en 1980 en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York la cual le ofreció una beca completa para sus estudios universitarios, y ha vivido en Manhattan desde entonces. Él tiene un MFA de la School of Visual Arts. El trabajo de Eric Rhein ha sido ampliamente exhibido en los museos nacionales e internacionales y salas de exposiciones, entre ellas: Centro de Escultura, White Columns, Artists Space, Art in General, Lincoln Center, Morris Museum, Nueva Jersey, Portland Museum of Art, Oregon, Victoria y Albert Museum, Londres; El nuevo arte Galería de Walsall, Walsall, Inglaterra, Museo Pera, Estambul, Embajada de Estados Unidos, Malta, Residencia de Buena Voluntad, Camerún, Leslie Lohman Gallery, Nueva York, Jonathan Edwards College, la Universidad de Yale y del Instituto Smithsoniano Viajes Exposición para el Milenio.

Obras de arte Rhein se funde la sexualidad y la belleza, y habla con la mortalidad y la trascendencia. Nueva York crítico del Times, Holland Cotter, escribe que en la obra de Rhein "la combinación de arte y artesanía, la delicadeza y la capacidad de recuperación, femenino y masculino, es exquisitamente labradas y es, como debe ser, seductor, pero inquietante."
Figure 36. 1997
Alambre sobre Papel u Hoja de Libro Científico.

The Immoralist (After André Gide). 2004
Alambre, Papel y Objetos Apropiados.

Por Félix Esteves

jueves, 5 de enero de 2012

ELIPSIS DE UNA AGONÍA.


Silencio de nube y espuma
Elipsis de la mar en calma
Mutismo del corazón mío
Que va muriendo su llama.

No quiero decir su nombre
No quiero mirar su cara
Que la luz de la agónica lumbre
Lo refleje como un fantasma.

Como Cristo llevo mis llagas
Cinco heridas en mi alma
Cuatro besos de anatema
y el último de Judas me dabas.

Hoy quiero partir tranquilo
Si bien mi llanto se me desgrana
Y llevo un dolor tan fiero
Que el pecho se me desangra.

Grito sordo del alma mía
Silencio de estampida de mi agonía
Sí he de tu amor ganar con mi muerte
Ahora mismo me moriría.  

Virgen, que en el cielo mora
Perdona de este amor su locura
Jamás pensé que amar así pudiera
Que por este amor me quito la vida.

Por Félix Esteves

miércoles, 4 de enero de 2012

EL LLANTO DEL PÁJARO.


Su madre que murió de amor le insistió siempre que los pájaros no lloraban. Creció creyendo aquel enunciado que le atormento por algún tiempo cuando era niña, pero que después olvido cuando conoció el amor de aquel hombre que le revolvió la vida. Al nacer su primer y única hija le enseño que los pájaros no sufrían por la partida del amado  del nido, que no padecían la muerte de sus polluelos y que por lo tanto no lloraban.

En una noche oscura y sin brisa su hija se murió en su regazo, pálida y esquelética miraba ahora con sus fallecidos ojos opacos los ojos de la madre que era incapaz de soltar una lágrima. Sólo se escucho el grito ahogado y seco, que más parecía un murmullo lánguido y escueto de aquellos que se tragan las penas y desgracias.

El hombre no soporto la muerte de la niña de sus ojos y lleno de tristeza partió del nido, buscando quizás otra alegría que le devolviera a su alma la vida. La mujer permanecía inmutable ante la partida del marido, del amor de su vida, de ese hombre que le revolvió la vida. Fue incapaz de llorar, ni una lágrima brotó de sus ojos, ni por el hombre, ni por la hija.

Se trago todo el dolor, todo el sufrimiento fue creciendo como la riada cuando llueve por siglos, pero todo quedo atrapado en su carne trémula, el cruel padecimiento se injerto en sus huesos, pero sus ojos permanecían secos, estériles. Se fue secando como se secan los nidos de los pájaros que son abandonados. Como se secan los polluelos cuando arrecia el verano. Poco a poco el hogar se fue deteriorando y lo que antes era una casa de bellos colores, se convertía ahora en un rancho donde no florecía el jardín, donde el vergel dejó de dar frutos, y las paredes de su interior se tiñeron de marrones y ocres, cuales ramas secas, cuales nidos abandonados. Aún así no lloraba, el llanto se negó a salir y seco todo por dentro… seco todo por fuera.

La madre de la madre de la madre de la madre de la madre de la madre le enseño que los pájaros no lloran, así esa madre de la madre de la madre de la madre… que murió de amor, le enseño que los pájaros no lloran, que no sufren, que no padecen… el nido se seco, aquel pájaro lleno de tristeza murió sin sentir el alivio del llanto, tal vez el lamento al que tanto se negó sería la salvación de su alma, la salvación de su nido. 

Por Félix Esteves

"EL LIBRO BLANCO" DE JEAN COCTEAU. Fragmentos y disertaciones sobre la obra.


La presencia de Dargelos me ponía enfermo. Lo rehuía. Lo espiaba. Soñaba con un milagro que lo hiciera fijarse en mí, lo despojara de su altivez, le revelara el sentido de mi actitud, que él debía de tomar por una gazmoñería ridicula y que no era sino un deseo loco de agradarle.

Mi sentimiento era vago. No lograba precisarlo. Sólo sentía incomodidad o delicia. De lo único que estaba seguro era de que no se parecía en forma alguna al de mis compañeros.

Un día, sin poder soportar más, me abrí con un alumno cuya familia conocía a mi padre y al que yo frecuentaba fuera del liceo. "Cómo eres tonto —me dijo— es muy fácil. Invita un domingo a Dargelos, llévalo atrás de los macizos y asunto arreglado." ¿Qué asunto? No había ningún asunto. Farfullé que no se trataba de un placer fácil de tomar en clases y traté inútilmente de usar palabras para darle forma a mi sueño. Mi compañero se encogió de hombros. "¿Para qué —dijo— le buscas tres pies al gato? Dargelos es más fuerte que nosotros (eran otros sus términos). En cuanto lo halagas, dice que sí. Si te gusta, no tienes más que echártelo."

La crudeza de este apostrofe me trastornó. Me di cuenta que era imposible hacerme entender. Admitiendo, pensaba, que dargelos aceptase una cita conmigo, ¿qué le diría, qué haría? Mi gusto no sería divertirme cinco minutos, sino vivir siempre con él. En pocas palabras, lo adoraba, y me resigné a sufrir en silencio, pues, sin darle a mi mal el nombre de amor, sentía yo muy bien que era lo contrario de los ejercicios en clase y que no encontraría respuesta alguna.
Pág. 35
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Hastiado de las aventuras sentimentales, incapaz de reaccionar, arrastraba las piernas y el alma. Buscaba el consuelo de una atmósfera clandestina. La encontré en unos baños públicos. Evocaban el Satiricón, con sus pequeñas celdas, su patio central, su sala baja adornada con divanes turcos en los que unos jóvenes jugaban a las cartas. A una señal del dueño, se levantaban y se alineaban contra la pared. El dueño les tentaba los bíceps, les palpaba los muslos, desempaquetaba sus encantos íntimos y los vendía como un comerciante su mercancía.

La clientela estaba segura de sus gustos y era discreta, rápida. Yo debía resultar un enigma para aquella juventud acostumbrada a las exigencias precisas. Me miraba sin comprender; porque yo prefiero la plática a los actos.

El corazón y los sentidos forman en mí una mezcla tal que me parece difícil comprometer a uno o a los otros sin que la otra parte se comprometa también. Es eso lo que me empuja a cruzar los límites de la amistad y me hace temer un contacto sumario en el que corro el riesgo de atrapar el mal de amor. Terminaba por envidiar a aquellos que, al no sufrir por la belleza ni vagamente, saben lo que quieren, perfeccionan un vicio, pagan y lo satisfacen.

Uno ordenaba que lo insultaran, otro que lo cargaran de cadenas, otro (un moralista) sólo obtenía placer con el espectáculo de un hércules que mataba a una rata con un alfiler calentado al rojo vivo.

¡A cuántos de esos sabios que conocen la receta exacta de su placer, y cuya existencia se ha simplificado porque se pagan en fecha y a precio fijo una honesta, una burguesa complicación, no habré visto desfilar! La mayoría eran ricos industriales que venían del norte a liberar sus sentidos, y después regresaban a unirse con su mujer y con sus hijos.
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Finalmente, espacié mis visitas. Mi presencia comenzaba a volverse sospechosa. Francia no soporta muy bien un papel que no es de una sola pieza. El avaro debe siempre ser avaro, el celoso siempre celoso. En eso estriba el éxito de Molière. El dueño pensaba que era de la policía. Me dio a entender que se era cliente o mercancía. No se podían combinar las dos cosas.

Esta advertencia sacudió mi abulia y me obligó a romper con costumbres indignas, a las que se añadía el recuerdo de Alfredo, que flotaba sobre los rostros de todos los jóvenes panaderos, carniceros, ciclistas, telegrafistas, zuavos, marineros, acróbatas y demás travestis profesionales.

Una de las únicas cosas que eché de menos es el espejo transparente. Se instala uno en una cabina oscura y abre un postigo. Ese postigo descubre una malla metálica a través de la cual la mirada abarca una pequeña sala de baño. Del otro lado, la malla era un espejo tan reflejante y tan liso que era imposible adivinar que estaba llena de miradas.

Mediante el pago de cierta cantidad solía pasar ahí los domingos. De los doce espejos de las doce salas de baño, ése era el único de este tipo. El dueño lo había pagado muy caro y mandado traer de Alemania. Su personal desconocía el observatorio. La juventud obrera servía de espectáculo.

Seguían todo el mismo programa. Se desvestían y colgaban con cuidado los trajes nuevos. Desendomingados, se podía adivinar su empleo por las encantadoras deformaciones profesionales. De pie en la bañera, se miraban (me miraban) y empezaban con una mueca parisina que deja al descubierto las encías. Después se frotaban un hombro. El enjabonado se transformaba en caricia. De pronto sus ojos se iban del mundo, su cabeza se echaba hacia atrás y su cuerpo escupía como un animal furioso.

Unos, extenuados, se dejaban fundir en el agua humeante, otros volvían a empezar la maniobra; se podía reconocer a los más jóvenes en que saltaban de la bañera y, lejos, iban a limpiar del mosaico la savia que su tallo ciego había lanzado alocadamente hacia el amor.

Una vez, un Narciso que se gustaba acercó la boca al espejo, la pegó en él y llevó hasta el final la aventura consigo mismo. Invisible como los dioses griegos, apoyé mis labios contra los suyos e imité sus ademanes. Nunca supo que en vez de reflejar, el espejo actuaba, que estaba vivo y que lo había amado.
Págs. 53 – 55
 ******   ******

El regreso fue terrible. H. creía que lo estaban regañando como a un niño después de una broma. Le rogué a Marcel que nos dejase solos y le restregué a Miss R. en las narices. Lo negó. Insistí. Lo negó. Lo traté con rudeza. Lo negó. Por fin, confesó y lo molí a golpes. El dolor me aturdía. Golpeaba como una bestia. Le tomaba la cabeza por las orejas y se la estrellaba en la pared. Un hilillo desangre corrió por la comisura de la boca. En un instante me desaturdí. Llorando como un loco, quise besar aquel pobre rostro herido. Pero no encontré sino un relámpago azul en el que los párpados se abatieron dolorosamente.

Caí de rodillas en un extremo de la habitación. Una escena como ésta agota nuestros recursos profundos. Se quiebra uno como un títere.

De pronto sentí una mano sobre mi hombro. Levanté la cabeza y vi a mi víctima, que me miraba, rodaba al suelo, me besaba los dedos, las rodillas, jadeando y gimiendo: "¡Perdón, perdón! Soy tu esclavo. Haz de mí lo que quieras."

Hubo un mes de tregua. Tregua lánguida y dulcedespués de la tormenta. Nos parecíamos a esas dalias que,embebidas de agua, se ladean. H. no tenía buena cara.Estaba pálido y se quedaba a menudo en Versalles. 
Págs. 67 y 69

Cocteau, Jean
     El libro blanco / Jean Cocteau. -- México : Ponciano Arriaga Editorial; 1995
Págs. : 35, 53-55, 67 y 69.


SOBRE LA OBRA Y EL AUTOR.

A comienzos de 1928, Jean Cocteau escribió una novela de carácter autobiográfico que tituló “El libro blanco” y que se publicó anónimamente en 1929. Este hermoso texto escrito desde el “Yo” reveló lo que ya la sociedad parisina sospechaba o sabía sobre la homosexualidad de su escritor. Y que a pesar de ser un libro de autor anónimo, todos sabían por la forma y el tono, el amor por los marinos y los conflictos católicos que su creador era Cocteau. A pesar de que Jean Cocteau se dejaba ver con hermosos jóvenes, el nunca declaro su homosexualidad, y por su ferviente catolicismo, quedaba la duda sobre su sexualidad.

El libro de inmediato tuvo éxito y en 1930 se hizo una nueva edición, donde Cocteau no sólo ilustró con sus singulares dibujos, sino que en una nota aceptó lo que se le atribuía. No obstante fue hasta la edición inglesa de 1957 para que en su prólogo Cocteau aceptara la progenitura de “El libro blanco” que las ediciones Cabaret Voltaire de Barcelona acaba de reeditar en nueva traducción completa, con todos los dibujos y notas sinuosas del autor y con un estudio final de Montserrat Morales Peco en el que explica y dilucida el tema de la autoría y los elementos biográficos o no que Cocteau puso en este encantador y delicioso libro, inventado como un juego en serio.

En el libro, la atracción por la masculinidad juvenil, la separación del amor del sexo, la seducción del pecado y el arrepentimiento católico son los temas que toca y trastoca Cocteau en su novela ambientada en una Toulon de entreguerras, donde los marineros toscos pero hermosos se pasean entre hacer el “amor animal” y  fumar opio, mientras esperan embarcarse a otros puertos. El argumento de esta novela corta resultó escandaloso para las costumbres de la época. A principios del siglo XX, un jovencito descubre su homosexualidad en un mundo lleno de prejuicios y narra la consolidación de ese sentimiento hasta la juventud. En ese “viaje de vida”, releva, cambia y alterna experiencias sexuales con hombres y mujeres y, con frecuencia enfermiza, acude a la Iglesia católica para refugiarse y balancear si debe aferrarse a la supuesta honorabilidad de los prejuicios o a los hermosos sentidos.

“El libro blanco” está impregnado de una delicada y divina sordidez, donde los hoteles de mala muerte, las meretrices y truhanes de París; el bar portuario de Toulon, donde los marineros afloran sus sentimientos y gustos por su propio sexo (como diría el propio Cocteau “el bello sexo) son el ambiente y protagonistas de esta excelente narración que transgredió a muchos el día de su aparición.
El libro no presenta el universo gay de ahora, sino el de hace más de ochenta años, no está escrito como un documento histórico, es una novela biográfica que por la frescura, jovialidad y lozanía del estilo de Cocteau, y por su destello y fulgurante imaginación con las metáforas eróticas, convierte este libro en una joya “manierista” homoerótica

“El libro blanco” salió cuando todavía estaba el escándalo provocado por “Bella de día” (1922) de Joseph Kessel, y el mismo año de la publicación de la obra de Cocteau, otras dos novelas ponían irritables y nerviosos  a los moralistas: “Historia del ojo” de Lord Auch  (Seudónimo de George Bataille), y “La concha de Irene”, anónima, pero que todos sabían que su autor era  al surrealista Louis Aragon.  Más tarde, se publicaba una obra póstuma de Apollinaire también de nombre inquietante: Las once mil vergas (1930). Como Bataille o Aragon, Cocteau evitó firmar con su nombre. Según da a entender en el prólogo a la segunda edición, prefiere desmentir la autoría y evitar así que el contenido se considere autobiográfico. Sin embargo, Cocteau pudo ocultar el nombre, pero no el estilo; así que no resultó difícil atribuirle el libro

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